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Se fue un filósofo del rugby

Según su DNI, se llamaba Eduardo Gatti. Pero los que tuvimos el placer de conocerlo, siempre supimos y sabremos cuál era su verdadero nombre: Bardi. Por Pablo Frizán

Neuquén .- Un hombre sencillo, sin complejidades, de los que te caen bien apenas los conoces y que se juegan por lo que aman. Y, justamente, fue eso lo que hizo siempre con su gran pasión, el Neuquén Rugby Club, su tan querida camisa azul.

Se hace difícil escribir estas líneas por la tristeza de hablar de alguien que se fue y que uno quiere mucho y, en gran parte, por todos los recuerdos que se despiertan desde el afecto.

En las redes sociales hoy, entre los que lamentamos su partida, me acordé de la primera vez que me retó como entrenador de la Primera. Era el primer partido que se jugaba desde que yo había ingresado a la división. No había quedado dentro de los compañeros seleccionados para disputar la contienda, y yo, estudiante universitario, decidí quedarme en casa para terminar con unos trabajos. Al entrenamiento siguiente, antes de empezar a correr, me hizo a un lado de la cancha y me dijo: “No importa que no quedaste seleccionado para el equipo, tenes que venir igual. Anda a entrenar”.

Y esa era su filosofía, no la del entrenador que quiere que haya alguien más por si acaso. Era la del hombre que sabe que al club hay que amarlo, ya sea dentro de la cancha o afuera. “El club es mi segunda casa”, supo decir alguna vez. Era y es un filósofo del rugby, de los buenos valores, del compartir un tiempo con los amigos.

Sé que estas palabras no son suficientes para rescatar su figura y que incluso apenas se aventuran a un cálido abrazo entre los que pudimos caminar en este intrigante camino que es la vida. Pero, son palabras que siento que tenía que decir.

Por eso, Bardi, hoy, más que nunca, todos te decimos: “Camisa azul, pantalón blanco, medias rojas, medias rojas…”

Gracias por todo.