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Recuerdo que cuando salimos de las dos o tres primeras semanas del encierro obligatorio por COVID-19, lo primero que advertí fue que la delincuencia iba a ir por las farmacias, los almacenes y todas las tiendas imprescindibles que manejaran efectivo. Y así fue.
Pero el ingenio delictivo creció y comenzaron a estafar con supuestas ayudas de la Anses, se apoderaban de cuentas bancarias y endeudaban a tope a sus víctimas, que por lo general eran de escasos recursos.
Lo peor del delincuente es que su blanco siguen siendo los laburantes y los más desvalidos como los ancianos.
Muchos comerciantes resolvieron recurrir con vecinos y clientes de confianza a las transferencias bancarias. Otros se volcaron a utilizar la app de Mercado Pago y así, sin necesidad de ir al cajero, podían resolver las compras.
Pero con la pandemia, el ciberdelito estalló. Hay más chances reales de que te hackeen una computadora o un celular a que te pongan una 9 milímetros en la cabeza para robarte en la calle, modalidad que sigue vigente, si no, pregunten a amigos que practiquen ciclismo, blanco fijo de los asaltantes.
Es muy estresante para los ciudadanos tener que tomar medidas de seguridad adicionales porque la seguridad pública no basta.
Ya blindaron las casas con rejas, puertas con doble cerradura, alarma y cámaras, para sentirse seguros.
Pero en la actualidad, hay que generar mayores medidas de seguridad para la vida en la web porque la delincuencia acecha de todos lados y genera un desgaste muy grande, por lo que un bombita Darín podría surgir en cualquier momento en este escenario donde el hartazgo es generalizado.