La batalla menos pensada puede ser, también, la más difícil. Elegir entre los dos máximos símbolos de su era de mayor gloria es demasiado para los hinchas de Boca. Ya había sido difícil ponerse del lado de Riquelme o de Palermo cuando la interna del vestuario ardía, y ahora, con Román con otra camiseta y las diferencias con Bianchi expuestas por los medios y potenciadas por gente de su círculo cercano, elegir una de las dos veredas sería mostrar ingratitud hacia alguien que les ha dado sus mejores alegrías. Pegarle a Riquelme por sus idas y vueltas, por sus promesas no cumplidas, por lo que dice (o manda decir) o calla, sería olvidarse de lo que hizo dentro de la cancha, cuando fue el dueño del fútbol y de los goles; el que supo, en los momentos más importantes, adueñarse de las victorias con jugadas inmortales o destellos inimitables (el caño a Yepes, las pisadas ante Real Madrid). El hombre que a fuerza de títulos se convirtió, para varias generaciones, en el ídolo más grande de la historia del club. Condenar por el fin de la relación interesada Angelici-Riquelme a Bianchi sería olvidarse de que él fue el arquitecto de un nuevo Boca, el responsable de dejar de enamorarse de la hinchada para llenarse de amor con un equipo que se instaló en la cima y se hizo Rey de Copas, el único DT campeón del mundo con y sin Román. Los dos, hoy, ya bajados de la cresta de la ola, perdiendo la batalla contra esa imagen llena de gloria que supieron conseguir, muestran puntos vulnerables y les dan de comer a detractores y rivales. “En mi casa me enseñaron a ser agradecido”, dijo el enganche el domingo. Si aprendió bien, debería mantenerse respetuoso con su padre futbolístico. Si los hinchas toman esa frase, deberían quedar al margen de una pelea en la que, antes de que los resultados den un ganador, ya hay un herido: Boca.