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Si te he visto no me acuerdo

Rodrigo Conti.

La pelota del FBI pegó en el centro de un charco de bosta tan grande que aún resulta imposible identificar a todos los salpicados. El excremento del fútbol se ha metido en rincones de poder que van más allá de la cancha, las tribunas o los vestuarios…
Es tan colosal el escándalo de corrupción de la FIFA que ni el cartógrafo más riguroso se atrevería a dibujar hoy el mapa completo del entramado de coimas, lavado de dinero y traiciones. Pero todo hace suponer que hay mucho más detrás de las fronteras imaginables.  
Maradona ha disparado tantos títulos catástrofe para la tapa de los diarios a lo largo de su vida, que las acusaciones contra los dirigentes sonaron siempre como el eco de una presunción colectiva que no tenía ticket de certeza. Por eso, la Justicia de los Estados Unidos necesitó convertir en topo a un arrepentido brasileño para ir en busca de pruebas. Fue así como hizo verdad una sospecha. Y aquí no hay sorpresa, hay conmoción.
Ni la muerte ha salvado a Julio Humberto Grondona del destino que él mismo construyó -en base a superpoderes- para eternizarse en una asociación con peso de ministerio. La AFA, socia de los gobiernos de turno, ha sido caldo de cultivo para los negocios cruzados entre empresarios, políticos y dirigentes, siempre bien custodiados por las patotas de barrabravas... Por eso no sorprende que, aquí y allá, muchos miren para el costado.
Si hasta el propio Joseph Blatter jugó al distraído para justificar su no renuncia a la FIFA: “Yo no puedo controlar a todos, todo el tiempo”, dijo sin reírse. En Buenos Aires crecen los casos de amnesia generalizada en los pasillos del poder. Y desde la tribuna, la sociedad espera, como dijo Juan Cruz Avila, “la parte de la película en la que entran a la AFA y los agarran a todos”. Grondona, Burzaco y los Jinkis son los primeros salpicados, pero el charco era demasiado grande.