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Solo una batalla más, Masche

Luciano Carrera

Ahí estaremos, 24 años después, otra vez cara a cara con los alemanes para tomarnos revancha. Para cumplir el sueño máximo, para buscar la vuelta olímpica que llevaría a Messi a la gloria por los siglos de los siglos. Ahí estaremos, con un grupo que nació en Barranquilla aquella noche en la que Lio empezó a ganarse a la gente, con un equipo que se fue armando durante esta Copa del Mundo inolvidable tras la lesión de Agüero. Ahí estaremos, con un jugador que nos regala esperanza aún cuando no se muestra como casi siempre, y con un líder con el que vamos a la guerra sin dudarlo. A Javier Mascherano -decían después del triunfo ante Bélgica- le das el cuchillo de Rambo y te recupera solo las Malvinas. Hoy, después de lo que hizo durante estos 120 minutos, creo que con un tenedor también tendría buenas chances. Él es el símbolo de esta alegría, el que marca el camino, el que llora y grita ante cada triunfo con las mismas ganas con las que defiende la camiseta, el que nos hace creer que nada es imposible. Él es el Jefe, el que une adentro de la cancha y el que nos hermana afuera, celebrando todos como si fuésemos uno. Hasta ayer, la mitad del país no había sentido nunca lo que era ver a la Argentina tan cerca de la Copa. La mitad del país no había tenido nunca el corazón en la mano, atravesado en la garganta, buscando un cómplice en el cielo para iluminar a Chiquito Romero, como hace 24 años al Goyco, para que nos lleve a la final. La mitad del país no sabía cómo era quedarse afónico en un festejo interminable, abrazar a los seres queridos teniendo que hacer fuerza para que el alma no se desprenda del cuerpo por culpa del juego más maravilloso del mundo. ¿Vieron qué lindo que es?