No es necesario leer las noticias. Basta con salir afuera y percibir en carne propia los últimos titulares, que consignan a Neuquén como la capital más calurosa del país y una región especialmente afectada por una radiación ultravioleta extrema.
El mercurio alto en los termómetros y los rayos agresivos del sol parecen sentirse aún más en las calles de la ciudad, donde la ausencia de árboles convierte a las veredas en desiertos abrasantes que no prometen ningún refugio. Es que, en enero, cuando el calor se torna tan violento, cuando quizás ya es demasiado tarde, la mayoría se lamenta por no haber plantado un árbol.
Además de su innegable aporte estético, el arbolado urbano cumple diversas funciones que son especialmente apreciadas en verano. Los estudios sobre la temática afirman que la presencia abundante de estos seres vivos en las veredas podría provocar una disminución de entre 5 °C y 10 °C de temperatura.
Según afirman los expertos, los árboles no solo generan sombra sobre el pavimento, que logra reducir el calor del asfalto. También enfrían el ambiente a través de la evapotranspiración que es, básicamente, el agua que las hojas devuelven a la atmósfera. Así, las ciudades arboladas combaten el calor abrasador de cada enero, mientras que las deforestadas lo sufren sin otro remedio.
A quien no le preocupe su generación de oxígeno, su aporte contra el cambio climático o su función como hábitat de los pájaros; al que tenga demasiada pereza para regarlo, podarlo o guiarlo contra los embates del viento; al que piense que la forestación no es demasiado importante; que use estos 38 grados de temperatura para comprender que quizás plantar un árbol sea una respuesta tan obvia como invisible para mejorar la calidad de vida de todos.