La imagen que dejó un nuevo Superclásico preocupa. Está claro que hoy River festeja y no piensa en la falta de pimienta de su equipo, ni en cómo le hicieron precio a un rival entregado. Es a Boca al único que le costó amigarse con la almohada el sábado a la noche, viendo cómo revertir esa imagen de equipo descontrolado, pasado de vueltas, pensando más en alguna venganza tardía que en el arco de enfrente y en el fútbol, que es, al fin y al cabo, lo que debería unir a millones frente a la TV cada vez que se cruzan dos de los equipos más importantes del mundo. Pero, ya se nota mucho, en estas tierras el juego va perdiendo por goleada ante la pasión, el motor que explica cómo, en un deporte manchado por la corrupción, en el que todo se duda, con el negocio superando al juego desde hace rato, con violencia, estadios incómodos y una sangría de jugadores cada vez más profusa, aún haya pocas cosas tan trascendentes como esos 90 minutos.