Lo que parece una contradicción lo es. La ciudad de la Patagonia que más familias recibe por día no da abasto. El espacio ya queda chico y con él se van todas las esperanzas de conseguir un lugar propio donde vivir. El sueño de construir está cada vez más lejos y la opción de compra es imposible, ya que el mercado inmobiliario maneja precios inalcanzables para cualquier trabajador fuera del mundo petrolero. Por eso, la alternativa de alquiler es la que sigue imponiéndose, aunque el inquilino reciba mes a mes un bife que duele y deja sus marcas. Desde las principales inmobiliarias coinciden en que desde hace años estamos en la misma situación, que no hay miras de mejorar, que los valores siguen su escalada y que cada vez está más difícil el acceso a una vivienda. Una realidad que se palpa, que no es alocada y que la padecen cientos de neuquinos -y los no tanto- cansados de vivir en un lugar “prestado”. Para un laburante, tener hoy su casa es imposible, y ya no alcanza con ser beneficiado del Procrear, porque los $100 mil -ahora transformados en $150 mil- no son suficientes para comprar un terreno en la capital. Basta con observar a los miles de sorteados el año pasado, quienes aún esperan un guiño de Provincia y de Nación para poder empezar a cimentar sus sueños en plena meseta, un lugar que no pensaron pero que deben aceptar para hacerlo realidad. En tanto que comprar es hoy la salida menos viable, ya que la mayoría de los que venden exigen pago al contado, se manejan con un dólar no oficial y piden montos exagerados. Además, en muchos casos, el salario promedio no asegura el ingreso al mercado crediticio. En este contexto, el sueño de tener una casa propia no es más que un sueño. Y, de no surgir soluciones gubernamentales que pisen tierra y se enmarquen en la realidad neuquina, transitaremos el camino de un mercado donde habrá cada vez más inquilinos.