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Bastó que sea morocho y usara gorro y ropa deportiva para que alguien, que se creyó diferente, le sacara una foto y tildara de “pibe chorro” a un joven que el domingo de elecciones se desempeñaba como presidente de mesa en una escuela de la localidad de Moreno, provincia de Buenos Aires. “Si votás en Moreno, no lleves cosas de valor”, advirtió ese anónimo que sacó la foto y la subió a las redes sociales, generando todo tipo de memes, burlas y frases discriminatorias.
Detrás de esos juicios negativos y despectivos pudimos conocer la verdadera historia, la realidad de Brian Gallo, que a los 27 años trabaja en una cooperativa para sanear los arroyos en la provincia de Buenos Aires y es voluntario de un humilde club de fútbol que brinda un servicio alimentario a cientos de niños del barrio. “Mi hijo jamás fue chorro, siempre fue muy humilde y lo sigue siendo. La vestimenta no hace a las personas”, fue la respuesta de su madre ante la viralización de la imagen de su hijo.
Brian Gallo fue víctima de discriminación por su ropa y por el color de su piel, estereotipos de un imaginario colectivo vinculado a la pobreza, la marginalidad y el delito. Una creación imaginaria a la altura de nuestros prejuicios.
El sociólogo y filósofo polaco-británico de origen judío Zygmunt Bauman reflexionó alguna vez que cuando uno camina por la calle no puede evitar encontrarse con la diversidad de las personas. “Uno debe negociar la cohabitación con esa gente de distinto color de piel, de diferentes religiones, diferentes idiomas. No se puede evitar. Pero sí se puede esquivar en internet. Ahí hay una solución mágica a nuestros problemas. Uno oprime el botón ‘borrar’ y las sensaciones desagradables desaparecen”.