¿Usted pondría las manos en el fuego por mi verdad en esta columna? Quizá sí, pero intuyo que no. Y aunque no lo crea, si es así, me entusiasma. Le cuento más. Poner a todos bajo un manto de sospecha ha sido una habilidad del Gobierno, un modo que algunos ponderan y otros detestan. La gestión del kirchnerismo jamás anduvo con vueltas, ni admitió miradas a mitad de camino, a la hora de enfrentar su mandato. Para Néstor Kirchner, primero, y Cristina Fernández, después, el desarrollo de algunas políticas de Estado no ha sido posible sin colisionar con el interés de otros factores de poder. Quizá por eso, su obsesión por el humor social a partir de la influencia de los medios.