El día que Quino murió, las redes sociales se inundaron de belleza. Mafalda regresó con toda su fuerza para recordarnos que todo sigue casi igual y que sus mensajes, casi 60 años después, no están obsoletos. Por eso, muchas de las viñetas publicadas en honor al dibujante parecían retratar nuestra propia historia y, a la vez, nuestro presente.
Quino, quizás sin saberlo, nos dibujó a todos. Y llenó la política de humanidad y la humanidad de política. Lo personal siempre es político. Y Mafalda y sus amigos, con la dulzura de sus infancias, nos daban valiosas lecciones sobre la desigualdad, la justicia, el capitalismo, los roles de género. Sus relatos eran tan costumbristas, tan cercanos, tan de carne y hueso, que todos nos sentimos dibujados en su tinta china.
A pesar de que apareció en los años 60, Mafalda consigue interpretar nuestro clima de época. Cuando reniega de Susanita, su antítesis, que solo quiere casarse y tener hijos; cuando sueña con el mundo que está allá afuera; cuando le pregunta a su mamá qué le gustaría hacer si viviera, mientras la mujer lava la ropa con un gesto de agobio. En un escenario de otras revoluciones, la pequeña ya sembraba la semilla de las revoluciones de hoy.
Esta semana murió Quino. Mafalda no. Ella continuará en la vida eterna de sus mensajes imperecederos, esos que trascendieron las fronteras para convertirla en una embajadora argentina para el mundo. Vivirá para ablandarnos el corazón con su ternura y para azorarlo inmediatamente después, cuando nos desnude unas injusticias que son tan anacrónicas, tan omnipresentes, que convierten sus viñetas del ayer en un grito salido de nuestra propia garganta.