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El psiquiatra neuquino José Lumerman señaló hace pocos días que el problema más grave que genera en la gente la cuarentena y la crisis desatada por el COVID-19 es la incertidumbre, el no poder saber cuándo ni, por sobre todas las cosas, cómo se saldrá de esto.
El vecino de a pie que trabaja de forma independiente, ya sea de manera profesional o comercial, desconoce si mañana podrá reabrir de a poco su negocio o deberá cerrar la persiana.
Si es empleado, pelea porque que no le toquen el sueldo o implora, según el caso, no perder su fuente de trabajo.
Y resulta una paradoja que eso se traslade a la principal economía de la provincia. Porque si algo reclamó siempre la actividad petrolera es, precisamente, lo que hoy no existe: certezas.
A los economistas se les acabaron las recetas, ni el más osado se atrevería a recomendar o sugerir una salida porque, como nunca, resultaría de incomprobable eficacia.
Lo que sí sobran son malos augurios, y no es para menos.
Neuquén depende, además del devenir de los hidrocarburos, del turismo. Son los dos motores que mueven la máquina y que derraman hacia los otros sectores de la economía. El primero está frenado y el otro directamente se apagó y difícilmente pueda volver a encenderse para lo que resta del año.
Como señala el viejo dicho, habrá que barajar y dar de nuevo, apostar a que una cuarentena administrada logre reactivar, de a poco y como se pueda, las diferentes actividades del día a día, a la espera de que en algún momento aparezca un rayito de luz en el final de este oscuro túnel.