Las escenas desgarradoras que se vivieron ese 23 de marzo de 2013 adentro y afuera de la Fundación Médica de Cipolletti marcarán para siempre la historia de una ciudad que en las últimas dos décadas vio cómo su perfil pueblerino convivió con hechos de los más aberrantes.
Por esos días, los cipoleños estábamos sumergidos en la impotencia e indignación que había generado el brutal homicidio de un comerciante a manos de un preso con salidas transitorias que le había robado una cartera a una mujer.
Fueron dos sucesos que calaron en lo más profundo de toda una comunidad, que revivió el dolor del Triple Crimen de 1997 y la Masacre del Laboratorio de 2002.
La joven laboratorista Carla Milla halló la muerte mientras trabajaba en una clínica un sábado a la mañana. Una persona entró a una institución y disparó a mansalva 27 tiros, la mayoría a la altura del cuerpo. ¿Cómo les explicás a sus papás que la tragedia podría haber sido peor?
Claudio Araya, dueño de un vivero, cometió el “pecado” de haber intentado ayudar a una señora mayor y perseguir al ladrón. ¿Cómo les explicás a sus hijos que su papá tuvo un acto heroico de los que hoy escasean?
Nueve meses después, el hombre que lo mató fue condenado a cadena perpetua. Al menos, nos quedamos con la sensación de que se hizo justicia. Y su familia, conforme con el fallo, encontró algo de paz.
Ayer, la mamá de Carla esperaba que Laila Díaz siguiera tras las rejas. Dejando de lado si merecía más o menos años, para ella era importante que el crimen de su hija no quedara impune. Y no quedó.
Pero también esta condena la demandaba toda una ciudad, porque se pueden contar por cientos, por miles, aquellos que de una u otra forma podríamos haber tenido un familiar o un amigo una mañana de un sábado adentro de la fundación.