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Tres testimonios de recuperación

Con la pérdida de vínculos como denominador, tres integrantes de Jugadores Anónimos de Neuquén cuentan su historia de pérdida y dolor.

Neuquén > Roberto tiene 56 años, durante 30 fue jugador y hace dos años se encuentra, según sus propias palabras, “en abstinencia”. “Es muy temprano hablar en dos años de recuperación, yo soy un adicto al juego en recuperación”, afirma. De su larga etapa como jugador, define que lo más compulsivo se dio en los últimos 10 años de ese período.
“Yo no lo notaba y en una oportunidad un empleado del casino me hizo ver la cosas de otra manera. Soy de Plottier y venía a jugar a Neuquén. Esa persona de tanto verme ahí un día me dijo 'usted otra vez acá, usted está enfermo'. Ahí pensé en denunciarlo o en aceptar lo que me estaba pasando. Regresé a mi casa, me sentí muy mal, hablé con mi hija y con mi señora que ya no me creía nada. Fue mi hija la que me consiguió la dirección de este grupo de jugadores anónimos y desde ahí no jugué más”, cuenta Roberto.
“Yo jugué un año y medio desde 2005 hasta mediados de 2006, empecé con 10 pesos y en la última apuesta en una máquina le puse 4.000 pesos y perdí todo, que era lo que en principio había ganado. Me fui a mi casa llorando y fue la última vez que aposté”, señala Flor, de 59 años. “Llevo más de cinco años sin jugar, me separé de las personas que lo hacen y hoy soy la tesorera de Jugadores Anónimos”, agrega.
Rafael, que también pasó los 50, recuerda que comenzó a frecuentar los casinos cuando su comercio empezó a funcionar bien. “Manejaba más plata, me había separado, salía los fines de semana. Después empecé a ir más seguido, uno va jugando cada vez más, hasta que llegué a ir todos los días”, explica.
Ingreso al grupo en 2006 pero, a diferencia de Roberto y Flor, Rafael tuvo tres recaídas. Hoy, hace tres años que no juega. “La primera vez que vine a pedir ayuda llegué solo, sabía que lo que hacía estaba mal, me jugué hasta una caja completa de mi negocio y un sueldo, dado que trabajaba en una empresa”, recuerda. “Uno juega en base a lo que tiene”, advierte.
 
Las pérdidas
“Hoy lo que siento es que me perdí el no haber acompañado a mis hijos. Abandoné a mi hijo cuando tenía 13 años, hoy tiene 20, con un montón de problemas, y yo me siento responsable de todas las cosas que le pasan porque estuve más en el casino que con él. Lo dejaba solo en las noches cuando él me necesitaba, igual que mi hija”, confiesa, dolido, Rafael.
“Nosotros tenemos un vacío emocional y lo cubrimos con el juego. Yo estaba pasando por un divorcio, lloraba todo el día y me di cuenta que delante de la máquina en el casino no lloraba. Llegué a estar 30 horas entre dos casinos, esa vez mi mamá me fue a buscar al otro día”, narra Flor.