Neuquén > Juana Jugan, la fundadora del hogar de ancianos, nació en la bahía de Cancale, en Bretaña, Francia, el 25 de octubre de 1792. El marco histórico francés al momento de su nacimiento fue de total dramatismo: se vivían a pleno los días de la Revolución Francesa que había derrocado la monarquía absoluta. El rey y su esposa fueron guillotinados, el país vivía una dura guerra civil. Como muchas otras iglesias, la de Cancale fue cerrada y transformada en almacén de forraje.
Su padre falleció cuando era muy joven, su madre trabajaba para alimentar a sus ocho pequeños hijos. A los 15 ó 16 años, Juana comenzó a trabajar como ayudante de cocina en una familia que la acogió con afecto. Además, se asoció tempranamente al servicio de los pobres: visitaba familias indigentes o a ancianos que se encontraban solos. Así aprendía el respeto, la ternura, a compartir lo que se posee y cuánta delicadeza se necesita para no humillar a aquellos que tienen necesidad de ser ayudados. En esos años, un joven la pidió en matrimonio, ella le rogó que esperase, y continuó su servicio, que fue para ella una escuela en donde se acrisoló.
Después de la revolución, se abocó a reconstruir la fe en la Iglesia. Fue entonces cuando decidió consagrarse por entero al servicio de Dios. Dijo: “Dios me quiere para Él. Me guarda para una obra que no es conocida, para una obra que aún no está fundada”.
El camino hacia los pobres
En 1817, Juana dejó a su familia y se marchó a Saint-Servan para ponerse al servicio de los pobres. Quería ser pobre con ellos. Comenzó a trabajar como enfermera en el hospital del “Rosais”, que era un refugio para todas las miserias. Entre esa pobre gente sarnosa, con enfermedades venéreas y sin los medios necesarios, el trabajo era muy duro, agotador. Juana se entregó con todo su corazón. Como si fuera poco, en los momentos libres daba catequesis a los enfermeros.
La sostenía una fe viva. Posteriormente, en 1817, se crearon congregaciones destinadas a favorecer la ayuda espiritual, a estimular la oración y la reflexión cristianas. Un poco más tarde, comenzó a formar parte de una asociación más exigente: la Orden Tercera Eudista (o Sociedad del Corazón de la Madre Admirable) que había conocido desde su infancia por medio de las personas que le habían enseñado el catecismo.
Las mujeres que integraban esta asociación llevaban una especie de vida religiosa en casa y se reunían para orar y dialogar. Encontraban una fuerte tradición espiritual de San Juan Eudes: la llamada a un cristianismo de corazón, una fe personal y libre, la relación viva con Jesucristo.
Juana fue miembro de esta orden tercera durante unos veinte años y quedó profundamente marcada.
Descanso bienhechor
Durante doce años vivió con la señorita Lecoq, la acogió como asistenta y como amiga. Participaban diariamente de la misa, se leían libros espirituales, hablaban familiarmente de Dios en un país que se vio azotado por una gran crisis financiera y malas cosechas que provocaron hambre y el aumento de mendigos en Francia.
Dio asilo en su casa
En 1839 Juana llevó a su casa, con el consentimiento de sus dos compañeras, a una anciana ciega y enferma llamada Anne Chauvin. De a poco, comenzaron a formar una asociación de caridad que se convertiría en Las Hermanitas de los Pobres. Al año siguiente, ni Juana ni sus compañeras soñaban con remediar otras miserias, ofrecer a otras personas consuelo, seguridad y cariño. Pero así fue. El dinero, Dios no lo negaría.
Así, Juana y sus compañeras continuaron con la obra comenzada, tomaron el nombre de Siervas de los Pobres y ella fue elegida como superiora. Formaron una verdadera comunidad religiosa, para la que la colecta fue la base de la obra caritativa de la comunidad.
Juana: buscadora de pan
Juana comenzó entonces con las colectas, pedía dinero, pero también donativos en especie: comida, objetos, vestidos. Ella hacía de sus colectas una evangelización que interpelaba la conciencia e invitaba a un cambio de vida. Gracias a la colecta, la acción de la pequeña asociación pudo ampliarse. Sin temor se instalaron en la Casa de la Cruz.
Nos cuentan sus biógrafos que recibió el premio que la Academia Francesa concedía cada año al francés pobre que hubiera realizado la acción más meritoria. Es así que el 11 de diciembre de 1845, ante un ilustre auditorio, entre los que estaban Victor Hugo, Lamartine, Chautebriand, Thiers y otras celebridades, Juana fue laureada.
Las Hermanitas de los Pobres
El grupo formado por Juana y sus amigas iba tomando conciencia de llevar una vida religiosa, para la que cada vez se organizaban mejor. Habían hecho votos privados de obediencia y de castidad, y adoptaron nombres religiosos: Juana se llamaría Sor María de la Cruz; caminaba “con las alforjas en bandolera y el cesto en la mano” para mendigar en nombre de los pobres ancianos.
Durante muchos años de su vida, Sor María de la Cruz vivió en un pequeño poblado de Rennes, en compañía de las novicias, en una habitación llamada “Chambre de la Cloche” (“Habitación de la Campana”). Desde allí fue invitada a emitir opinión sobre las rentas fijas que se le pudieran dar a la congregación. Ella expresó que era necesario continuar no aceptando ninguna renta fija, sino seguir dependiendo de la caridad.
Ya en 1870, Juana dejó la antigua habitación para ir al cuarto de la enfermería, que ocupó hasta su muerte.
Su devoción por María
Su piedad eucarística, su devoción a la Pasión del Salvador y al Vía Crucis, su amor por la Virgen María, impresionaban a las novicias; irradiaba alegría cuando se acercaba a recibir la comunión. Era un verdadero gozo verla rezar el rosario. Le gustaba decir: “Por el Ave María iremos al Paraíso”.
En agosto de 1879 su vida se apagó. Los testigos hablaron de que su rostro emanaba paz. Había terminado su entrega, con y entre los pobres, en las manos de nuestro padre.
Fue beatificada, precursora en el campo de la acción apostólica y social, por su sentido humanitario y evangélico de la ancianidad que no se limitó a su tiempo.
Las Hermanitas en Neuquén
La Diócesis neuquina fue creada con el primer obispo, Monseñor Jaime Francisco de Nevares, al frente. Corría la década del 60. De Nevares había viajado a Francia a los Concilios y visitó la casa madre de estas hermanitas que se dedican a mantener hogares de ancianos en todo el mundo. Ellas le habían prometido que vendrían a abrir un hogar en esta capital.
Luego de largas conversaciones de don Jaime con el gobierno provincial, les fue otorgada a las hermanas una construcción ubicada en las afueras de la ciudad para que levantaran su hogar. A nivel nacional, se había producido el golpe de Juan Carlos Onganía, quien, al frente del gobierno nacional, envió al Ingeniero Rosauer como interventor en esta capital. Don Jaime habló con éste sobre el tema, quien mantuvo el compromiso de que las Hermanas habitarían ese edificio. Pero cuando arribó a esta ciudad la Superior General desde Francia, Rosauer decidió no entregárselas porque “no estaban a la altura de la geriatría moderna”, cuenta el Padre San Sebastián. Don Jaime publicó un comunicado para que todos conocieran este desagradable hecho. Sin embargo, las hermanas no se fueron.
Fue el padre Gregui quien les ofreció a las hermanas arreglar las instalaciones del viejo gallinero de la chacra que ocupaba, para que se alojaran, además de ellas, algunos viejitos. En esa chacra, luego se construiría el Colegio San José Obrero. La propuesta fue aceptada: se acondicionó el viejo gallinero y se convirtió en Casa de las Hermanas y albergue para los primeros siete ancianos. Las hermanas se alojaron con las Hermanas de María Auxiliadora.
Felizmente, unos años después, el intendente Ángel “Lito” Della Valentina les donó dos manzanas en Tronador y Chocón, lugar donde está emplazado el actual Hogar de Ancianos. Una de las primeras alojadas fue Fermina Namuncurá, hermana de Ceferino Namuncurá.
Pulcritud e higiene
Al visitar el hogar se puede apreciar el cariño con que las Hermanitas atienden a los ancianos y la limpieza de sus instalaciones.
Cuenta el padre San Sebastián que cuando vino el general Rodolfo Levingston de visita a Neuquén, su esposa fue a conocer el Hogar de Ancianos. A ella le pareció un lujo y se lo dijo a la Superiora. La Hermana Paula, con su acento francés, le dijo su verdad evangélica: “Señora, si su papá tuviera que pasar sus últimos días acá ¿no le gustaría que estuviera así?”. La Hermanita hizo reflexionar a la señora: atendían a los ancianos como si fueran sus propios padres, como “nuestros Cristos”.
En febrero de 1977 comenzaron las obras de la capilla, que estaría, además, a disposición de todo el barrio. Las Hermanitas siempre recibieron señoras voluntarias que van a colaborar en la tarea. Entre ellas, podemos recordar a Elsa Tapia de Della Valentina, Guillermina de Osés, entre otrasantas.
Un alojado particular
El padre Juan Carlos Alfaya nació un 1 de noviembre de 1942 en Capital Federal; es hijo de Bonifacio Alfaya, nacido en Galicia, y de María Marqueza Rodríguez Ochoa. El apellido significa “joya” en sefardí.
Bonifacio, su padre, se desempeñaba en la capital como maestro pastelero. Tiene un hermano llamado José Américo, padre de una hija que le dio dos nietas y tres bisnietos.
Juan Carlos se recibió de Maestro Normal Nacional en un colegio del barrio Constitución de Buenos Aires. La vocación religiosa se definió a los 22 años; estudió Filosofía en Viedma para ir a trabajar a Puerto Santa Cruz como maestro, aún estando consagrado se fue a Puerto Deseado a trabajar. Posteriormente, en 1967 se fue a Italia a estudiar Teología durante cuatro años en el Ateneo Pontificio Salesiano.
Ordenación sacerdotal
Juan Carlos fue ordenado sacerdote el 17 de noviembre de 1973 por Monseñor Carrera.
Luego estuvo en Ecuador de 1973 a 1975. Cuando regresó de Guayaquil se fue a trabajar de párroco en Puerto Santa Cruz . “Es mi segunda patria”, nos dijo el Padre refiriéndose a la Patagonia. Luego se fue a Puerto San Julián, para volverse a Buenos Aires debido a complicaciones de salud de sus padres. Al regresar a Santa Cruz, llevó a su madre a vivir con él. Recuerda que fue párroco estable de Piedrabuena, localidad situada en Santa Cruz.
El obispo de Río Gallegos, Miguel Aleman, le solicitó que hiciera la capellanía (catequizar a los soldados). Por ello fue que estuvo en el “Teatro de Operaciones” en los nefastos hechos de la guerra malvinense.
Desarrolló su sacerdocio a lo largo de la Patagonia. Cañadón Seco y Ushuaia fueron algunos de los sitios donde paró, y vino a Neuquén con la idea de permanecer por tres días: se quedó por 21 años. En nuestra ciudad también trabajó en la Feria de Artesanos en el tallado de la madera, y en el hogar de ancianos reside hace una década.
Cuatro décadas de sacerdocio
El padre Juan Carlos acaba de cumplir 40 años de sacerdocio. Es, además, capellán mayor de la Policía provincial.
Cuenta que residen en el hogar alrededor de 50 ancianos, cada uno en su habitación. Aún hoy, las Hermanitas forman parte de una congregación que vive de la limosna: salen todos los días a buscar la colecta. Actualmente la Hermana Madre es Rosario, quien nos contó que hay monjas españolas, colombianas y de la Isla de Zamoa que realizan continuas fiestas religiosas para ayudar al Hogar.
El hogar se encuentra ubicado en la calle Tronador 1358, en el barrio Confluencia. Viven, afortunadamente, gracias a la ayuda y generosidad de la ciudad.
Una de sus premisas es “A los ancianos no les gustan las caras tristes”, palabras que pronunciara Juana Jugan, su fundadora, y que se hace realidad en cada una de las filiales dispersas por el mundo. Neuquén cumple con su proposición.