Se trata del segundo prototipo del avión solar, construido luego del éxito alcanzado con el primero, que realizó numerosos vuelos, incluido uno de 26 horas ininterrumpidas en 2010.
Fue esa travesía la que permitió que los iniciadores de este proyecto demostraran que habían conseguido dominar la tecnología que hizo posible que el avión almacenara de día suficiente energía solar en sus inmensas alas (recubiertas de células fotovoltaicas) para volar de noche.
La operación de colocar las piezas del Solar Impulse en el avión de carga fue descrita como “extremadamente delicada” por los líderes del proyecto, Bertrand Piccard y André Borschberg, fundador y confundador, respectivamente, además de pilotos de la nave.
Treinta personas participaron en las delicadas y complejas maniobras para introducir las veinticinco piezas desmontadas del avión solar, de las cuales las más complicadas de introducir fueron el fuselaje y, en particular, el ala de 72 metros de longitud.
Las dimensiones del ala le permiten albergar 17.248 células fotovoltaicas que dan al avión una autonomía de hasta cinco noches y cinco días.