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Un cambio cultural

Hace casi diez años, la Real Academia Española tuvo que, necesariamente, ampliar y modificar la definición de la palabra cultura, porque calificarla como un conjunto de usos y costumbres parecía un intento insulso por explicar un concepto que nos atraviesa de modo constante.

Así, la palabra suma acepciones tan disímiles como cultura alcohólica o cultura de la violencia y “es una cuestión cultural” parece una explicación suficiente para comprender algunas prácticas que nos espantan y nos resultan ajenas.

Para un concejal, orinar en la calle no responde a la falta de baños públicos sino a una cuestión cultural y, para un activista contra las adicciones, el paco no fomenta los actos delictivos sino que potencia los rasgos que los consumidores ya tienen, “por una cuestión cultural”.

La definición que más acepto del término cultura aclara que esta son las distintas formas que tenemos de estar juntos. ¿Y cómo se modifican esas formas de estar juntos para que prime el respeto y no el ataque? ¿Cómo aplicar una dosis de amabilidad que parece perdida hasta en las nimias acciones cotidianas?

La crispación necesaria de las mujeres, y su faceta menos necesaria y más violenta, parecen marcar un sendero del activismo por un cambio cultural. En menos de una década, lograron desnaturalizar las sumisiones que aceptábamos como normales para criticarlas por violentas. Pero ¿cómo desnaturalizar la violencia que aparece en la negación del saludo, en el insulto a flor de piel, en la falta de respeto? Es necesaria una nueva crispación para estar alertas y desterrar de tajo cualquier tipo de animosidad, que hoy se justifica bajo el paraguas de la cultura pero que no es otra cosa más que violencia.

Hay muchas situaciones de violencia que hoy se ocultan bajo la “cuestión cultural”.