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Un día de miércoles

Luis Sartori

El 20 en la quiniela significa fiesta. Paradójico. Es lo contrario de lo que vivió la ciudad con los 20 milímetros de lluvia que cayeron desde la noche del martes. Este exceso de humedad infrecuente a mes y medio del desastre de abril -llovido sobre mojado- provocó un verdadero día de miércoles: desde embotellamientos en centros neurálgicos como la rotonda de Horacio Forni y Ruta 7, justo ahí donde la semana próxima abrirá un hipermercado, hasta desvíos obligados en centenares de calles en los recorridos de los colectivos.

Y otra vez caminos semi o totalmente inundados, torrentes que bajaban a velocidad desde el Alto, familias evacuadas en el Oeste, baches que se agigantaron y semejaban lagunas para patos. En definitiva, imágenes venecianas en una ciudad que se caracteriza por su desapego al chaparrón. La historia local exhibe un promedio bajo de lluvias. Pero algo parece estar pasando en el clima como para seguir mirando para otro lado. Si no hubo antes quienes se sentaran a planificar de qué modo prevenir desgracias, desmoronamientos y caos, ya llegó el momento.
Hay una urgencia: los habitantes de los barrios precarios, que sufren el doble o el triple cualquier aguacero. Y una necesidad: el ritmo acelerado al que está creciendo la principal ciudad de toda la Patagonia. Como el sufrimiento que cada lluvia provoca a la población empobrecida no fue capaz -hasta ahora- de despertar a las autoridades (¿qué y cuánto no se está haciendo para prevenir futuras calamidades, en un terreno en declive y con tierras erosionables?), al menos debería despabilarlas el dinero que se está vertiendo en torno al boom Vaca Muerta. Si no, será una riqueza con mucho de vergonzosa.