Un nuevo parque industrial en la ciudad de Neuquén, en la zona de la meseta, ya no tiene lugar para radicar empresas. Calles colapsadas por el tránsito de camionetas que van y vienen desde la ciudad hasta los yacimientos; rutas en mal estado por el paso de los camiones de una industria hidrocarburífera en plena expansión; falta de terrenos y viviendas para albergar a las familias de otras provincias que llegan alentadas por la posibilidad de conseguir empleo y que terminan en el oeste de Neuquén, tratando de instalarse como sea en un asentamiento, una toma o una villa. Obviamente, sin agua, sin cloacas, “colgados” para tener energía eléctrica y sin las mínimas condiciones de un hábitat digno que todo ciudadano merece.
Algunos podrán decir que son “los dolores de parto” ante el nacimiento del desarrollo de los recursos no convencionales atados a la explotación de la formación Vaca Muerta.
Lo lógico sería decir que es la falta de previsibilidad y visión de los funcionarios de turno, que no supieron tomar las medidas necesarias para lograr un crecimiento armónico. El Estado neuquino no es eficiente. La existencia de Vaca Muerta se conoce desde hace décadas, por lo que se sabía que tarde o temprano todo esto se iba a dar. La industria no puede frenarse para esperar a que el Estado invierta en la infraestructura necesaria para que vivir, trabajar y trasladarse en la provincia no sea un rosario de insultos diario. El país necesita desarrollar sus recursos hidrocarburíferos para frenar la sangría de divisas. Todo lo que se haga hoy es un paliativo. Las divisas están, los fondos fluyen, las inversiones de las empresas se concretan y el Estado parece ser el gran actor ausente.