Un tribunal de impugnación resolvió absolver a Juan Marcos Fernández y a Analía Godoy por falso testimonio y encubrimiento de los autores del crimen del sargento José Aigo, perpetrado la madrugada del 7 de marzo de 2012.
Este fallo goza de total impunidad. Va más allá de un fallo judicial. Este fallo lleva impresas las diferencias de los jueces con los fiscales de la justicia neuquina. La lucha es dispar porque el sistema produce anticuerpos suficientes para disuadir a los más rebeldes, a esos que no acatan sus perversas reglas.
Es probable que no consigan cambiar totalmente la historia, lo que no significa que no deban mostrar el sendero, para así orientar a la próxima generación, esa que tendrá la difícil labor de completar la gesta.
Si la Justicia continúa en este derrotero, no logrará escaparse de las críticas. Por mucho que se ofendan los miembros del Poder Judicial y pese a sus explicaciones sobre las dificultades estructurales, el descrédito los roza.
Para sacarse de encima ese estigma, deberán animarse a hacer lo necesario. En vez de quejarse de lo que ocurre, tal vez sea tiempo de revisar si están haciendo lo suficiente para que algo del presente cambie.
Mientras unos pocos intentan dar el ejemplo, otros han preferido plegarse a la dinámica impuesta, a esa cruel tradición del pasado, que no solo no cambia de rumbo sino que se profundiza agravando aún más la situación. Hasta que la sociedad no perciba giros significativos, no se puede esperar que un milagro les devuelva el orgullo a aquellos que deberían garantizar el pleno ejercicio de los derechos. Mientras tanto, seguiremos asistiendo a este espectáculo que muestra el interminable desprestigio de la Justicia.