Quince de marzo de 2005. Florencia Pennacchi, una joven neuquina de 25 años que vivía en Buenos Aires, donde estudiaba Ciencias Económicas en la UBA, organizó una cena con amigas en el departamento que compartía con su hermano, Pedro, en el barrio de Palermo. Después de que los invitados se fueron, Florencia salió de su casa. Sólo se llevó su celular; su billetera y documentos quedaron en la casa. Al otro día, avisó al trabajo que no iba a ir. Desde entonces, nadie sabe qué pasó. Doce años después de su desaparición, su caso sigue siendo un misterio, con pistas concretas que nunca se investigaron, con pistas falsas, hipótesis ridículas y sospechas de la vida privada de la joven.
Un fiscal, Marcelo Retes, quien desde un principio desestimó que la desaparición podría estar vinculada a un secuestro con fines de trata, y un comisario inspector, Jorge Cipolla, al frente de la División Antisecuestros de la Policía Federal, acusado de cobrar coimas a tratantes y regentes de prostíbulos. En este caso, las conductas sospechosas de la Policía pusieron en evidencia la existencia de una red de complicidades para organizar y ocultar el delito. Doce años sin que Nidia Aguilera, la mamá de Florencia, tenga algún dato del destino de su hija y su desgarrador pedido de perdón hacia ella porque “no supimos, no pudimos ni logramos encontrarte”. Y la conclusión por ese misterio que rodea la desaparición, que la remite a algo siniestro.
La semana pasada, en cada rincón del país se gritó “Ni una menos” y reflotaron las imágenes de Florencia, María Cash y miles de mujeres desaparecidas. El nombre de Florencia duele, incomoda y deja en evidencia que ninguna mujer está a salvo.