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Un mundo que ya no es

La llegada de El Gráfico se aguardaba como si fuese una espera de Reyes.

Había una vez un mundo en el que un niño cruzaba el puente hacia la literatura a través de la extraña habilidad de Ramón Ismael Medina Bello (léase también Suñé, Corbatta, Maradona, Alonso) para tirarla a la tribuna o clavarla en un ángulo. No era coaching, ni prestidigitación, ni ningún curso moderno. La receta se llamaba El Gráfico, una revista deportiva extremadamente popular.

No había Twitter, tampoco Facebook. Menos un celular y muy alejado de la actual ilimitada cantidad de canales y transmisiones. Era un mundo de reconstrucciones fantásticas e individuales de aquellas hazañas a las que se accedía por la radio.

Quizá, con suerte, si el niño o adolescente prestaba mucha atención y no iba al baño en un momento inadecuado, podía ver los goles en el noticiero del lunes. Es complejo explicar un mundo que ya no es. Pero te cuento una cosa, milenial: nadie puede extrañar lo que no conoce empíricamente. Aunque te parezca una locura, era un mundo lindo, muy lindo. Ni mejor ni peor. Distinto.

En ese tiempo, la introducción a las letras era poder disfrutar (y compartir) durante toda la semana esa revista deportiva. Como si fuese una espera de Reyes, un niño se dormía ansioso la noche previa a la llegada de El Gráfico desde Buenos Aires.

Mientras se revivían hazañas deportivas, ese puente hacia la literatura se convertía en un recorrido natural y placentero, repleto de emociones y sensaciones.

Era más que una revista. Era el cuadernillo más perfecto del colegio. Era el maestro más inteligente. Tenía a su favor la atención y el tiempo de todos para disfrutar cada letra.

Contaba con la herramienta más poderosa: la pelota (sí, la pelota). Y no la desperdiciaba. Transmitía amor y pasión en sus textos y, en definitiva, por la literatura.

Había una vez un mundo que ya no es.