En nuestro hemisferio arranca la temporada de rosés, aunque es un mercado menos permeable a la tendencia. No obstante, hay una necesidad de vinos de sed, es decir, que sean fáciles al paladar, que se observa en los estilos de tintos ligeros y blancos frescos que hoy pueblan la góndola. Ahí es donde late el fenómeno local, que llegará a su tiempo. Algunos índices: hay una nueva camada de rosados de uva criolla tallando en la alta gama, como Cara Sur o los que preparan bodega Cantena y El Esteco; hay rosado elaborados como tales a contar de malbec y bonarda, y ya no como subproductos de apretadas fermentaciones de tintos, como hace una década; un notable crecimiento de rosados en materia de espumantes, con algunos vinos nuevos, como el Chandon BrutNature o el clásico Rosa de los Vientos. Así, el terreno parece bien dispuesto.
El color no es índice de sabor. Contrariamente a lo que el consumidor piensa, el color del vino rosado no es índice de mayor menor intensidad de sabor. En su mayoría son intensos, aún cuando recuerden a un cobrizo piel de cebolla o se trate del más fucsia de los vinos. A diferencia de los tintos, sin embargo, el color sí es un dato que engalana la mesa. En nuestro mercado la cosa va por el salmón liviano, especialmente en espumosos. Ejemplos cabales son Schroeder Nature ($628); Rosell Boeher Rosé ($390) y el flamante Chandon BrutNature ($150). En vinos, Vuela Pinot Gris (2014, $100) de bodega Piedra Negra.
La mayoría se elabora a partir de uvas tintas: malbec, pinot noir, garnacha, bonarda, merlot y cabernet.
Más nuevo, mejor. En los rosados no existe la crianza, por lo que tampoco existe la longevidad. Es más: cuanto más nuevo mejor. Y para nuevos, ahora hay que beber los 2015 que ya llegan al mercado ya que, junto con los sauvignon blanc del año, los rosados son los primeros vinos en asomar cada año en la góndola. Buenos ejemplos que ya están a la venta son Alta Vista Malbec Rosé (2015, $99), Quara Malbec Rosé (2015, $52) y Críos Malbec Rosé (2015, $109).
¿A qué saben? La paleta de sabores es variada, pero todos tienen una constante: la frescura. En eso, las regiones altas o frías son las mejores. Estrictamente hablando, un buen rosé se define en su perfume frutado y floral, con algún trazo de hierbas; una boca ligera y llena de chispa fresca, que obliga a chascar la lengua cuando uno los bebe; un final jovial, lejos de toda intelección, que invita a otra y otra copa. Así son, también Amalaya Rosé (2014, XX) y Kaikén Rosé de Malbec (2015, $95). Sin embargo, una mayoría de rosados aún ofrece algunos gramitos de azúcar residual, con lo que tienen cierta dulzura golosa que los hace peligrosamente ricos. Así son, por ejemplo, Goyenechea Rosado de Merlot (2015, $50) y Norton Mil Rosas (2015, $59), que además de compartir la variedad tienen un paladar igualmente goloso.