POR FERNANDO CASTRO - Editor +e
La inauguración del oleoducto Loma Campana-Lago Pellegrini ya es parte de la historia de Vaca Muerta. Suerte de paso fundacional para la incipiente producción de shale oil, apuntalará durante los próximos años el sistema de transporte de crudo hasta las refinerías. Es decir, garantizará la comercialización del petróleo que sale de las entrañas de la cuenca neuquina para luego terminar impulsando a diversos sectores industriales de forma directa e indirecta. En 2011, las productoras “pinchaban” en los yacimientos no convencionales casi probando suerte, para ver si era posible aspirar al “modo factoría” en áreas como Loma Campana o El Orejano.
Había algunas preguntas acerca de las chances de prosperidad de un proyecto de la magnitud del que comienza a verse hoy. Los gerentes de Repsol-YPF sabían del valiosísimo recurso que había en la formación neuquina cuando mostraban, como quien examina a un alien, esas pequeñas botellas con la novedad del cobrizo petróleo no convencional. Pero no atinaban a acelerar con un plan de inversiones a gran escala.
Luego, el proceso de nacionalización de la empresa (y los estertores judiciales ahora bajo el control de la Corte Suprema de Estados Unidos) y la comprobación de que todo era ni más ni menos que la más pura verdad: había –hay– gas y petróleo como en pocos lugares en el mundo.
Si existe una foto del Pozo 1 en Plaza Huincul, a metros de la aguada de la Pasto Verde, que casi que sigue sucediendo desde el sepia de aquella épica historia, y otra de la primera perforación shale en Loma Campana, el desarrollo que demostró que todo esto era posible, en el “arcón de la historia” también debería estar la foto de este oleoducto de 80 kilómetros que captará el crudo de doce áreas que protagonizarán el salto en la producción de Neuquén.
Más allá de las variables geopolíticas que inciden en el precio del petróleo, factor determinante en el nivel de ventas de, pongamos, un kiosco de Añelo o una panadería del oeste neuquino, es una obra que quedará y que seguirá abriendo puertas. ¿El ritmo al que se hará? Esa es una respuesta que entraña otra complejidad. Por lo pronto, hay una meta de corto plazo: que apuntale ese proceso en el que Neuquén busca pasar de 135 mil a 170 mil barriles de producción diaria durante 2019.
Parte de la gran incógnita, sin embargo, es qué sucederá con el gas. El gobierno nacional acaba de confirmar que Nación licitará en junio una obra que puede descomprimir algunas tensiones. Por un lado, hay tres proyectos para un nuevo gasoducto troncal. Esto potenciará la producción. Y abrirá una línea directa a escala más grande para el GNL, con salida al Atlántico desde Bahía Blanca.
Es una obra de no menos de 800 millones de dólares (en su primera etapa) que viene con los interrogantes del año electoral y el riesgo país. Como sea, es crucial. Como también puede serlo una salida a Chile (¿quién dijo que deben ser opciones excluyentes?). La ruta al Pacífico también tuvo un aliciente esta semana. Luego de los acuerdos del año pasado, Argentina comenzó a tener cierta regularidad en los envíos de gas utilizado para generación eléctrica del otro lado de la Cordillera. Una consultora internacional anunció esta semana que esas exportaciones crecieron respecto de la cantidad de carbón que consume Chile para generar. Están los que dicen que Neuquén podría enviar unos 20 millones de metros cúbicos hacia el vecino país. Claro, si se genera la confianza suficiente como para garantizar que el sistema eléctrico trasandino no sufrirá un desplante como hace diez años. Y, claro, generar esa confianza posicionaría al gas de Vaca Muerta, en el mediano plazo, a tiro de otra salida por mar por el Pacífico y el transporte de GNL le podría dar en el futuro otra magnitud a la formación que hoy es noticia por el petróleo.