Recorrer las renovadas instalaciones del Parque Valentina era hasta hace una semana sinónimo de libertad. Las familias se agolpaban en ese espacio para disfrutar las tardes primaverales y aprovechar un predio que tiene todo: sombra, sol, césped, cemento, juegos y espacios para hacer lo que a uno le guste, sea un niño que gatea o un abuelo que sólo se deleita con unos mates al aire libre. Y todo eso estaba acompañado por un plus extra: la tranquilidad de sentirse seguro, con estricto control para ingresar y vigilancia permanente durante la estadía. Sin embargo, esa paz interior comenzó a perderse desde hace unos días, desde que caducó el contrato con la empresa de seguridad que estaba en el lugar. Hoy, las siete hectáreas están bajo el ojo de un policía, quien sólo se limita a ver quiénes ingresan y cómo lo hacen. Y eso, al menos, es una luz de alerta.