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Un poder inimaginable

Hernán Gil

Un poder inimaginable. Un usuario posteó una foto y una pregunta en una red social (no de las más conocidas en Argentina). En tiempo real, esa publicación era una de las 2,5 mil millones que se comparten diariamente en Facebook o uno de los 5.700 tuits que se generan por segundo en Twitter. Algunos minutos después, el mundo entero teorizaba sobre su contenido: el famoso vestido (blanco y dorado o negro y azul). No solo eso, cada uno defendía su postura con una pasión tan fervorosa como poco frecuente en otros aspectos de la vida cotidiana. El concepto viral suele ligarse a los videos, pero no es más que un dato (foto y hasta texto) que logra propagarse por la web como si fuese un virus. Cientos de empresas gastan tiempo y dinero en generar contenidos que consigan algún grado de viralidad. Sin embargo, el poder inimaginable de un concepto compartido por un usuario aislado puede conseguir una difusión y trascendencia mundial, aunque ni siquiera fuese esa la intención. Es que, especialmente en las redes sociales, no hay David ni Goliat. Y ni siquiera puede resumirse esa explosión multimedial a la existencia de una buena idea. A veces, un contexto indescifrable puede llevar hasta un simple saludo entre conocidos o un chiste familiar a la fama mundial y convertirlo en un debate que consigue, sorprendentemente, trascender clases sociales y consumos culturales. En Argentina, el caso más conocido fue el de un hijo que filmó a su padre mirando un partido de River (al borde del descenso) entre la resignación y los insultos. Poco tiempo después, el protagonista del video (Tano Pasman) se convirtió casi en una celebridad y hasta formó parte de programas de televisión.