La mañana del martes en la capital provincial comenzó con una insólita noticia que no tardó en replicarse en radios y portales de noticias: un hombre, que luego se supo era un efectivo policial, armó un perímetro con cinta en pleno centro, a metros del monumento a San Martín, y con un arma en la mano, amenazó con quitarse la vida si era echado de la Policía.
En ese momento, quienes escuchaban o leían la noticia se enteraban de que se trataba de Aldo Mellado, un sargento con supuestos problemas psiquiátricos que forma parte de los “rebeldes de la Comisaría Tercera”, un grupo de 13 policías que está siendo enjuiciado por desobediencia.
Para los que no tuvieron una radio o una computadora a mano, y el martes entre las 9 y las 18 pasaron por el centro de la ciudad, la realidad fue otra. Y ni hablar de las reacciones.
Para los vecinos, de la ciudad no es común -afortunadamente- encontrarse con un desconocido armado. Tampoco es común que si ocurre la rareza de encontrarse con un desconocido armado, no haya policías alrededor intentando detenerlo. Ni hablar de la presencia de algún fiscal o juez y un perímetro de seguridad de por lo menos una cuadra a la redonda.
Lo que pasó el martes no fue común. Obedece a una problemática interna de la Policía, de la que muchos somos ajenos y que debería resolverse puertas adentro. Y si bien se trató de un reclamo, con el que se puede o no estar de acuerdo, lo que causó las distintas reacciones de sorpresa o temor entre los vecinos fue la metodología. Porque los que no somos policías, no acostumbramos a reclamar o resolver los problemas con un arma en la mano y menos con amenazas de suicidio.