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Un recambio difícil de aceptar

Pablo García Navarro

Cuando los ídolos caen, el mundo se viene abajo. Pero cuando son derribados, el planeta Boca pone el grito en el cielo. No importan resultados ni defectos, solo que aquellos que han dejado su piel en otras batallas, hoy deteriorados por el paso del tiempo, se mantengan en el pedestal de la gloria. El que sufre en esta época de recambio inevitable, porque el tiempo se cobra minuto a minuto el saldo de nuestra vida, es el presidente Daniel Angelici. Enfrentado con Juan Román Riquelme desde viejas épocas, cuando asumió en el sillón de La Bombonera se cargó la dura mochila del recambio a cuestas. Y en esa sangría siempre estuvo el “10”, que volvió luchando contra su propio cuerpo, que se entregó, se vació y se llenó más tarde -a medias- buscando el camino hasta el final de su carrera. Siempre Román y sus pretensiones chocaron con las de la actual dirigencia. Mauricio Macri lo sufrió en sus comienzos, nada más y nada menos que con Diego Maradona. Más tarde llegaron los años dorados, vigentes a flor de piel, aunque el ahora jefe de gobierno porteño debió superar duros duelos, como el del famoso “Topo Gigio” de Román o el desplante en plena conferencia de prensa del Virrey. Pedro Pompilio y Ameal siguieron sus pasos, aunque cuando llegó la hora de fundir el bronce, le tocó a Angelici. El presidente de Boca debió luchar con molinos de viento, glorias en deterioro, con la magia intacta y la pólvora mojada. Lejos del diálogo, Angelici falló en el modo para concretar la renovación de Riquelme y la salida del Virrey, con anchas espaldas y los bolsillos vacíos de alegrías. A Román lo dejó ir por la ventana y a Bianchi le bajó el pulgar a destiempo. “Boca está por sobre jugadores y dirigentes”, asiente Angelici, pero con los “coronados de gloria” en el medio, todo se le hizo más difícil.