Hace tanto que Boca es puntero del fútbol argentino, que el dato ya no pesa. No hay sorpresa, casi no es noticia. Ni siquiera que rompa el récord de Bianchi como líder, incluso superando los números de los poderosos de Europa, de esos que dominan sus ligas a voluntad y dan la vuelta olímpica varias jornadas antes del final.
Cuando parece que el equipo de los mellizos Barros Schelotto camina derechito al bicampeonato, estirando su registro como puntero por encima de las 40 fechas en fila luego de la agónica victoria ante Talleres, el título en la Superliga suena más a desahogo que a festejo pleno. Lo demuestra el grito enojado y puteador de Pablo Pérez, siempre demasiado propenso a que se le salga la cadena, sea con los rivales, con el árbitro, con los compañeros o con los propios hinchas.
Este Boca manda cómodo en el torneo local desde hace un año y medio, pero sigue en deuda con su gente. La derrota ante River hizo daño, y saben los de adentro y los de afuera que seguir acortando la distancia de títulos con los millonarios no alcanza para que el plantel, los dirigentes y el cuerpo técnico tengan su póster. Para ello, deben ganar la Copa Libertadores. El título que el Virrey ganó tres veces en cuatro años, el que se le resiste al Xeneize desde el 2007, cuando Riquelme se hizo inmortal, el que le permitiría igualar al Rey de Copas con siete de esas coronas y sentirse el más ganador de todos.
Lo que pase de aquí en más en el máximo torneo continental definirá la suerte de muchos. Incluidos el cuerpo técnico y el único ídolo de este equipo, Carlos Tevez, que no volvió para ganar la Superliga, sino para quedar en la historia.
Este Boca manda en el torneo local desde hace un año y medio, pero sigue en deuda con su gente.