En materia de lecturas, todo vale en el verano. Clásicos o novelas, ensayos o biografías, cuentos o policiales, porque el verano no dura para siempre y hay que aprovechar al máximo estos momentos en que se dispone de más tiempo libre, relajados en una playa, frente al río, de cara a la montaña, en el balcón o la terraza, o simplemente en un bar con aire acondicionado. El tiempo parece detenerse mientras pasamos las páginas de esos libros que fuimos apilando en la mesita de luz durante el año. Disfrutar cada página como si fuera la última que vamos a leer. Eso mismo que sentí aquel verano de mediados de los 70 cuando descubrí ese universo de aventuras de corsarios y piratas que proponía Emilio Salgari, o años después con los libros de Julio Cortázar y de Osvaldo Soriano.
El mundo entre esas hojas de los libros o bien en una pantalla siempre es fabuloso, deslumbrante. Hasta nos pasa, en algunos casos, que lo que leemos nos parece que fue escrito para nosotros.
En el verano uno tiene mayor disponibilidad de tiempo y de concentración para leer. Acaso sea el momento de aquellos libros más exigentes, que nos inviten a pensar y reflexionar. Porque para los libros de lectura rápida y fácil uno dispone de todo el año o bien nunca.
¿A quién no le ha pasado de llevar montones de libros en la valija y, una vez llegados al lugar de descanso, pasar por una librería y comprar otros que son los que finalmente vamos a leer, dejando de lado esos que nos ocuparon espacio?
Y una recomendación: hay que combatir esa idea de que el libro, una vez que se empieza a leer, se tiene que terminar. Porque como decía Jorge Luis Borges, la lectura debe ser una forma de la felicidad.