No es la primera ni será la última vez que el porteño que escribe esta columna escuche que los neuquinos padecen un trastorno de identidad. Del mismo modo que los porteños buscaron la suya a los codazos, entre enormes oleadas migratorias de españoles, italianos, polacos, rusos, alemanes y franceses llegados en busca de una oportunidad, los neuquinos sufren una segunda ola de “invasores”, en este caso, internos. La primera coincidió con las grandes obras de infraestructura de los setenta; la segunda, atrae a 15 familias por día al compás del boom petrolero. Dicho esto a grandes rasgos, desde luego.