Señalar que Cipolletti está conmovida es poco, suena a una frase reiterada en el tiempo, lejos de calmar los ánimos caldeados de una comunidad harta de la violencia. Hoy las víctimas fueron Micaela Schwarz y Nicolás Gonzálvez; mañana, ¿quién será? Desde los lamentables triples crímenes a la actualidad parece que nada cambió y el pueblo se ve obligado a marchar por las calles para que alguien reaccione con mano férrea. Hay mucho dolor en miles de familias porque las víctimas, en general, son personas llenas de vida, sociables, trabajan, estudian y participan en organizaciones e instituciones. Pero todo eso, cuando la sensación de impunidad es cierta, se acaba de un día para otro de la forma más horrenda.
A gritos o en silencio, los vecinos piden a las autoridades y a los candidatos que están de campaña que no dejen pasar la oportunidad de devolverle la alegría a esta tierra y empiecen a trabajar, comprometidos, con programas de atención a las víctimas de violencia de género, abusos y narcotráfico. Muchos recuerdan con nostalgia ese otro Cipolletti, el de los pioneros, con sus casas con la sombra de una parra y las sillas en la vereda, con vecinos amables, fiestas de fin de año compartidas y saludables noviazgos entre los más jóvenes. ¿Cómo no sentir rabia ante un cambio tan brusco, con mujeres y niños atacados? Hay mucha bronca y los funcionarios y dirigentes tienen que estar atentos para que esa bronca contenida no explote. Incluso, se suceden los denominados casos de justicia por mano propia. Es apenas un llamado de atención para los responsables de administrar justicia y los legisladores que deben impulsar políticas superadoras, que no se queden en el corto plazo y protejan a la familia.