"El que lee mucho y anda mucho ve mucho y sabe mucho”, dijo Cervantes, el creador del Quijote. La lectura es esa buena costumbre del verano y, especialmente en vacaciones. Podemos disfrutar del sol en el río, en el mar, en la montaña, en la pileta o bien en el patio de una casa pero siempre se encuentra un tiempo, un espacio para la lectura. Es cierto que el tiempo de lectura es tiempo robado a otras cosas que la mayoría de las veces nos causan más placer.
El escritor francés Daniel Pennac ponía como ejemplo que decir que uno no lee por falta de tiempo es como decir que uno no se enamora por el mismo motivo.
Acaso les debo a los veranos de mi infancia mi formación como lector cuando recorría los estantes de aquella librería de usados de mi barrio donde elegía las historietas de El Tony y D’Artagnan; algunos clásicos de Julio Verne, Salgari y Jack London que integraban la mítica colección amarilla de Robin Hood y las infaltables revistas El Gráfico.
El verano es el momento ideal para ponerse al día con ese pasatiempo intelectual supremo que llamamos leer, ya sea esas narraciones de más de 400 páginas o novelas cortas o biografías de personajes de la historia en formato papel o bien si incursionamos en el e-book.
Este tiempo de ocio dedicado a la lectura que debemos regalarnos quizás sea para esta sociedad mercantilizada o con la mirada puesta en forma constante en las redes sociales un tiempo considerado perdido. La imagen que refleja a un hombre o una mujer con un libro en la mano confirma aquello que también sostenía el francés Pennac: leer nos cambia y eso ya es una forma de cambiar el mundo.