La noticia causó asombro, bronca y angustia. A pesar de que ya pasaron 9 días de la desaparición del submarino ARA San Juan y de que nada se sabe, las expectativas por encontrar a la tripulación con vida siempre habían sido (y son) una esperanza latente. Ayer, con el anuncio de que se habría registrado una explosión en el buque, el vocero de las Fuerzas Armadas golpeó los pilares en los que se mantenían no sólo las familias de los 44 tripulantes sino todo un país.
Y aunque el diario del lunes aún no terminó de imprimir sus páginas, algunos bocetos ya sirvieron para bosquejar las especulaciones típicas de estas tragedias, en las que no faltan los analistas que suponen que todo ya se sabía desde el primer día y aquellos que buscan alguna ventaja política, aprovechando la confusión y la desesperación de padres, hijos y hermanos de los submarinistas que subieron a la misión por las aguas del mar Argentino y el océano Atlántico.
Las preguntas se repiten, aunque habrá que esperar las respuestas. Primero está la contención.
¿Hay responsables? Sin lugar a dudas, aquella o esta gestión tendrán su cuota de responsabilidad en lo que parece constituirse en la tragedia naval más importante en tiempos de paz. ¿Habrá renuncias? Seguramente. Anoche ya se hablaba de que el Gobierno descabezaría a las fuerzas.
¿Se sabrá lo que realmente pasó y el por qué? Las preguntas se repiten una y otra vez, aunque habrá que esperar para conocer las respuestas, porque lo primero debe ser la contención de las pobres familias -en su mayoría del interior- de los tripulantes del ARA San Juan, que no encontrarán consuelo hasta (o después de) que las Fuerzas Armadas confirmen la noticia que no quisiéramos escuchar, aunque eso le dará el punto final a una incertidumbre que pega de lleno en el corazón de todo un país.