Qué triste todo. Qué extraño talento para transformar una fiesta en papelón, condenados a fracasar una y otra vez a la hora de demostrar si somos capaces de organizar, de comportarnos, de tomar decisiones dignas, de pensar en el otro, de ponernos a la altura de las circunstancias.
Qué triste todo. Pero lo más triste es que no terminó ayer. Habrá nuevos papelones, golpes tanto o más duros, broncas multitudinarias que se replicarán por millones porque somos un país que no aprende. Hace rato que nos pasa. Y nos superamos día a día.
Iba a ser una fiesta a los ojos del mundo, envidioso de la pasión que puede generar un Boca-River. Fue un papelón con un solo motivo para respirar aliviados. ¿Se imaginan si hubiesen aceptado los clubes jugar con visitantes? ¿En serio alguien nos cree capaces de disputar en partido así en condiciones normales, con la gente mezclada en las tribunas o en las calles? ¿Que podemos ser sede del Mundial 2030 cuando no podemos controlar un Atlanta-All Boys? Creímos, distraídos por el partido del siglo, que éramos capaces de llevar adelante una final como esta. Pero no.
Dijeron algunos que fue culpa de 20 inadaptados. Dijeron otros que fue por la incapacidad del operativo de seguridad, que fue un vuelto de la barra de River, que la Conmebol y la FIFA se sumaron al desquicio.
Lo cierto es que los dos últimos mano a mano coperos entre los equipos más populares del país no pudieron definirse en la cancha como se debía. Hoy habrá un ganador. O no. Y la alegría del vencedor y la tristeza del perdedor se llevarán puesto todo por un buen tiempo. Mientras seguimos caminando rumbo al abismo, en el fútbol, en la vida misma.