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Una grieta revocable

Nuestra grieta no es más que una incapacidad para tolerar todo aquello que no sale de nuestra boca.

Es curioso ver cómo la sociedad se disputa la responsabilidad de decisiones de la Justicia y olvida el foco del problema. Las prisiones domiciliarias otorgadas en el marco

de la pandemia representan la última grieta en materia de política social.

Uno de los comentarios más escuchados es: “Esto pasa porque votaron a Fulano”. Como si las decisiones a lo largo y a lo ancho del país se le pudieran adjudicar a una sola persona, y como si el votante hubiera deseado el mal colectivo.

La rabia de los ciudadanos que golpean ollas en los balcones parece nacer del miedo de que el país pase a estar gobernado por la delincuencia de la noche a la mañana, como por arte de magia. Se pierde de vista el sufrimiento de la víctima y los derechos del condenado también pasan a un segundo plano. Y es que la solución no radica en alienar a alguien que ya cumple una condena, sino en poner en una balanza todo lo que su traslado implica, el contexto global, y analizar en base a riesgos y recursos disponibles, y es eso lo que no se está haciendo.

¿Cuándo va a ser el día en que dejemos de señalar con el dedo, dominados por un sesgo político, por algo sobre lo que ni siquiera tenemos potestad de decidir? La incapacidad como sociedad de hacer a un lado nuestras diferencias es el primer paso para un estancamiento eterno.

Utilicemos este período de crisis para aprender a convivir en tolerancia y respeto. Levantemos la voz sobre lo que nos molesta pero sin señalar y sin herir susceptibilidades. Existe la manera.

Si queremos justicia, empecemos siendo justos entre nosotros.