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Una lección más de don Jaime

Hace 36 años, el obispo neuquino denunció que la muerte de Angelelli había sido un "crimen de la dictadura"

En una vitrina de la Catedral María Auxiliadora de esta ciudad se colocaron ayer las reliquias de primer grado (restos de huesos) de los beatos mártires riojanos Enrique Angelelli, Carlos de Dios Murias, Gabriel Longueville y Wenceslao Pedernera, junto a la tumba del obispo Jaime de Nevares. Tras un largo proceso, la Iglesia Católica declaró beatos y mártires a estos sacerdotes –“para el ejemplo y modelo para todos nosotros”, como expresó el obispo de Neuquén, Fernando Croxatto–, asesinados por la dictadura cívico-militar.

Hace 36 años, un día como hoy, en la misma catedral donde ayer se depositaron estas reliquias, se celebró la primera misa en honor a estos sacerdotes. En esa misa fue el obispo De Nevares quien denunció que la muerte de Angelelli no había sido producto de un accidente de auto en la ruta 38 camino a la capital de La Rioja sino un “crimen de la dictadura”. Eran tiempos, como en los años anteriores, en que gran parte de la Iglesia Católica miraba para otro lado cuando se estaban cometiendo los crímenes más aberrantes de lesa humanidad. La denuncia de don Jaime fue acompañada por los obispos Miguel Hesayne de Viedma y Jorge Novak de Quilmes, entre otros pocos.

El obispo neuquino siguió de cerca el derrotero judicial de ese crimen, paralizado por las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, los sobreseimientos a los implicados volviendo a la versión inicial de “accidente”. Recién en 2005 se reabrió la investigación y se les dictó prisión perpetua a dos altos oficiales de la dictadura. En aquellos tiempos de terror y muerte, De Nevares tuvo muy en cuenta aquella frase pronunciada por Angelelli luego del asesinato de los otros sacerdotes: “Ahora me toca a mí”.