Las pesadillas suelen concluir cuando uno despierta transpirando y con taquicardia y cae en la cuenta de que está en la cama.
Pero algunos viven pesadillas reales, de las que no se despierta y que parecen no tener fin. Este es el caso de las dos jóvenes universitarias que fueron víctimas de Agripinio Rubio el 1 de agosto de 2014.
Tras el abuso, comenzaron a transitar el escabroso camino de la denuncia. Valor no les faltó: enfrentaron a Rubio y lo golpearon para escapar, luego lo describieron y lo identificaron en una rueda de reconocimiento.
Después sobrevinieron el calvario, la espera, las impugnaciones y los tiempos de la Justicia, que no parecen correr a la par del dolor de las vidas arrasadas. En todo ese tránsito hubo psicólogos y psiquiatras que las ayudaron a respirar, a levantar la cabeza y a mirar hacia el futuro.
Las noches no fueron fáciles. Una de ellas dormía y duerme con la ayuda de psicofármacos; la otra ve a Rubio en el rostro de cualquier tipo que viene caminando de frente. Ambas cargan en sus bolsos un envase de gas pimienta junto al celular.
Así sobrevivieron y se hicieron fuertes, a tal punto que en el juicio enfrentaron los oscuros ojos de su victimario y relataron su tragedia. Lloraron y conmovieron al jurado, que condenó al reincidente abusador.
Más no se les pudo pedir a estas dos jóvenes. Ayer, ambas volvieron a sufrir un abuso. Pero esta vez no fue de parte de Agripinio, sino de la Justicia.
El juez que le dio 14 años a Rubio, de los 30 que pidió la fiscalía, atenuó la pena porque en su primera condena por violar a una mujer, en 2002, no recibió el tratamiento psicológico adecuado por parte del Estado. Para las víctimas, la historia no se cerró y siguen sumergidas en una maldita pesadilla.