PABLO MONTANARO
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NEUQUÉN
A los 83 años, Inés Castro Rendón decidió que ya era hora de rendirle un homenaje a su padre, Eduardo, quien en 1926 llegó a Neuquén para hacerse cargo de la Asistencia Pública y en abril de 1940 -cansado de las postergaciones por parte de las autoridades provinciales- inauguró por su cuenta el Hospital Regional que hoy lleva su nombre.
Después de revivir infinidad de recuerdos y anécdotas, juntar fotos y recopilar artículos periodísticos, Inés puso en marcha la idea de escribir un libro que decidió titular Mi padre, el doctor Eduardo Castro Rendón, una “especie de biografía” -como lo define- que en breve publicará por su cuenta pero con el deseo de que “aparezca algún apoyo ya sea del gobierno provincial o municipal”.
Explica que la idea de escribirlo surgió a partir del interés por ofrecer “una semblanza de la vida de mi padre”, porque confiesa “hay personas, incluso profesionales que se desempeñan en el ámbito de la salud, que desconocen la labor, esfuerzo y dedicación que desplegó mi padre en pos de la salud pública de Neuquén”.
En la mesa del living de su casa del barrio Villa Farrel, Inés despliega papeles y fotografías que incluye en el libro y que trazan el recorrido de la vida de este hombre nacido en Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires, en 1898, y que se recibió de doctor en Medicina en 1922. Las fotos la muestran a Inés con un poco más de un año dando sus primeros pasos bajo la atenta mirada de su padre, las fotos de su padre junto a su madre, Emilia Cattáneo, reuniones y celebraciones familiares en la casa de Alta Barda.
Inés no es escritora -hizo el profesorado de Historia- por eso aclara que su intención fue trazar la actividad pública de su padre “en base a su personalidad que he tratado de conformar con anécdotas, experiencias y vivencias”. Y agrega: “Nunca digo que mi padre fue una persona muy inteligente, sino que quiero que de eso se dé cuenta o lo perciba el lector”.
“Una entrega sin límites” y “Un medico de la esperanza” son los títulos de dos artículos sobre el médico aparecidos en publicaciones de la región y que Inés las toma para definirlo. “Esas fueron sus actitudes y su actividad comunitaria”, afirma. Y aclara “todo lo que escribí es lo que yo sé de mi padre y lo que viví con él. Yo soy su principal admiradora”.
La mujer se emociona al hablar de su padre en la cotidianidad, en el seno familiar. Además de su intensa tarea en el hospital, Castro Rendón atendía por la tarde en el consultorio que tenía en su casa y una vez que terminaba de atender, visitaba a sus pacientes que no podían asistir al hospital porque vivían lejos. “El decía: ‘Yo fui médico pobre y de los pobres. Primero atendía a la gente y después le preguntaba si me podía pagar’”, resalta Inés.
Por último, lo describe cuando llegaba a su casa: “Ponía parches a las ruedas de las bicicletas, lavaba los platos o barría. Era feliz, amaba su hogar y quería que esté lo más confortablemente posible. Nunca lo vi enojado, siempre estaba con una sonrisa. Nunca nos retó y trataba de enseñarnos con el ejemplo. A mí me enseñó a pensar y nunca me obligó a hacer algo”.
INTERÉS sobre copahue
“Avizoró el futuro de las termas”
Uno de los temas que Inés Castro Rendón destaca en el libro es el especial interés que tuvo su padre respecto de las aguas termales del Copahue. Tanto fue así que envió a analizar las aguas a Alemania. “Cuando llegó a Neuquén, a mi padre le hablaron de Copahue y de sus termas. Pensó que podían ser curativas. Por eso hizo analizar las aguas en un laboratorio de Alemania, quienes le enviaron un informe en el que resaltaban el poder que poseían esas aguas”, cuenta.
Luego, fue asesor de las Termas del Copahue, “que conoció cuando todo era muy precario pero fue quien ya había avizorado el futuro del lugar”, asegura su hija.
MENSAJE
Filosofía de vida y profesional
Entre los papeles que Inés Castro Rendón encontró en el archivo familiar, apareció un texto que su padre leyó en 1979 cuando el Colegio Médico de Neuquén rindió homenaje a los primeros profesionales llegados a esta ciudad.
Inés muestra el manuscrito y lee el mensaje que dirigiera su padre a sus colegas: “Médicos que llegaron a esta inhóspita tierra, los que llevaban el hospital en sus alforjas. Ausente de toda infraestructura, teniendo como fieles compañeros el viento, el frío y el calor, pero siempre con la filosofía del galeno. Hago mis votos para que se mantenga siempre esa filosofía médica que consiste en hacer bien las cosas, científicamente mejor y humanamente con amor”.