La Patagonia es un nombre grande, de horizontes amplios y épicas resonancias. Esos ecos resuenan en las botellas de sus vinos, y en la góndola, aun cuando sus casi 3.000 hectáreas representan poco más del 1% del viñedo argentino. La razón hay que buscarla en el paisaje y en la carga histórica que tiene como generadora de sueños y desventuras a lo largo de los últimos siglos.
En materia de malbec, sin embargo, la región ofrece un perfil singular que se destaca del resto de Argentina. En el mes en que la variedad celebra su día mundial –el 17 de abril– conviene tener en cuenta algunas condiciones que son únicas de la región a la hora de hablar de esta variedad.
La primera de ellas es que representa un volumen chico. Si en Argentina, según el censo vitivinícola y los guarismos que ofrece el Observatorio Vitivinícola, a la fecha hay 38.000 hectáreas de malbec, la región patagónica ofrece, sumados Neuquén y Río Negro, unas magras 1.000 hectáreas. Es verdad: representa un tercio de todo lo plantado al sur del río Colorado, pero apenas 0,40% del viñedo local.
Con esas cifras, podría parecer casi caprichoso hacer una descripción del malbec patagónico. Sin embargo, su singularidad e historia, sumadas a la sonoridad de su nombre, ameritan una distinción del resto. Al fin y al cabo, el del vino es el juego de las diferencias sutiles entre cosas sin mucha importancia.
Viejo Río Negro
Las primeras hectáreas de vid plantadas en la Patagonia ocuparon las chacras del Alto Valle y del Valle Medio de Río Negro. Naturalmente, ahí fue donde se instalaron los primeros colonos y también, desde donde en 1904 se elaboraron los primeros vinos de la zona, según consta en el libro Le Nil Argentin (J. A. Doléris, 1912) y el informe de la “Mission a l’Argentine” (L. Ravaz, 1916).
Sin embargo, pocos saben que en ese grupo de uvas el malbec ocupaba un lugar preponderante. Según el informe “El malbec en la Patagonia Norte”, del ingeniero Alcides Llorente, muchas de esas plantas originales eran fallidas por tratarse de una mala selección. De modo que hacia la década de 1970 el propio Llorente y junto al ingeniero Atilio Cassino seleccionaron plantas hasta dar con lo que se conoce como el clon número 5: un malbec productivo que es el que domina los cultivos del Alto Valle.
Los vinos de este clon son frutados, con un trazo vegetal atractivo y un paladar de menor cuerpo y mayor acidez que sus pares mendocinos. Así lo demuestran los malbec de Humberto Canale y de Pirri, por ejemplo. Para más datos, en el Alto Valle hay, según los datos del Observatorio, unas 344 hectáreas de malbec, de las cuales 230 están en Roca. Lo curioso del caso es que son muchos propietarios con poca superficie cada uno, de forma que la heterogeneidad de manejos hace la diversidad de sabores posibles en esta región.
Nuevo Neuquén
La vid llegó tarde a Neuquén, cerca de un siglo después que a su limítrofe Río Negro. No porque no hubiera posibilidades de cultivarla, sino porque en su desarrollo las frutas ganaron la carrera inicial. Sin embargo, a fines de la década 1990 una cosa quedó clara: en la región había buen potencial para vinos de calidad. Y, con ese fin, se plantaron los primeros viñedos extensivos en la zona de San Patricio del Chañar.
Esta es la principal diferencia entre las regiones: a Neuquén se lo plantó con criterio moderno y empleando una selección de plantas diferentes. Si bien los primeros viñedos emplearon el clon número 5, los que vinieron luego buscaron selecciones en Mendoza, como las que ofrecían Chandon y Catena en sus parcelas. Con el tiempo, se trazó una diferencia entre los vinos de la región: primero, porque en Neuquén la naturaleza del valle es nueva y la impronta del desierto es grande; segundo, porque el malbec tiene otro origen genético.
En 2014, el viñedo de malbec cubría 646 hectáreas, repartidas en cerca de 80 viñedos. El punto es que desde 1999 los números de plantación siempre fueron en aumento, lo que determina además que se trate de viñas nuevas. Así, los vinos neuquinos son frutados en esencia, con el sol en el paladar gordo y musculoso, con el paso amplio y amable. Ejemplos perfectos resultan los de Familia Schroeder, Bodega del Fin del Mundo y Secreto Patagónico, por mencionar tres casas de la región.
Con el tiempo, es posible que la diferencia entre el malbec patagónico se morigere. O no. Lo importante, en todo caso, es comprender que bajo un mismo y atractivo nombre se esconden al menos dos estilos de vino. Y disfrutarlos, que cada uno tiene su atractivo.