La ciudad es una mugre. No hay otra manera de describir lo que se ve. Tanto en pleno centro como en calles alejadas. Ni hablar en los barrios de la periferia o en aquellos sectores donde Cliba no llega. Papeles desparramados por todas partes, bolsas que vuelan como mariposas, botellas que ruedan de vereda en vereda, restos de comida y hasta animales muertos rodeados de moscardones son hoy parte de la postal capitalina. Esto, sumado a lo que generan los partidos políticos en plena campaña electoral, hace que vivamos en una ciudad inmunda. Podrá tener parte de culpa la actual gestión municipal, pero esta es una responsabilidad de la que todos somos parte. El principal culpable es el vecino, tanto el que tira como el que acepta vivir bajo estas reglas ya consolidadas, que transforman el paisaje en un verdadero basural a cielo abierto. Mientras muchos neuquinos exigen duras multas para quienes tiran sus desperdicios en terrenos abandonados, algunos aún imploran el servicio de recolección de basura negado desde hace años y otros siguen enchastrando. En tanto, el Municipio se queja porque sus empleados limpian una zona y a las horas la fotografía es la misma, porque no dan abasto con el personal dedicado a estas tareas y porque se gasta un fangote de dinero innecesario en algo que, a esta altura, pareciera no tener cura. Y en parte es verdad, porque no hay política a la vista que cambie la educación y cultura del ser humano. De nada sirve implementar medidas si no cambiamos como sociedad. De nada sirve gastar plata en remedios que no tienen efecto. De nada sirve mirar para el costado y echar culpas a los gobernantes de turno, cuando el mal viene de casa. Es hora de asumir responsabilidades como ciudadanos y empezar a cambiar como vecinos. De lo contrario, Neuquén será cada vez más sucia y nosotros tendremos una gran culpa de vivir así.