En 2013 se denunciaron 1.062 robos o hurtos. Los datos fueron confirmados por el jefe policial, Raúl Laserna, a los medios regionales. También informó que aumentó la cantidad de delitos evitados in fraganti: unos 1.800 delincuentes fueron detenidos. La semana pasada, un amigo me acercó un libro sobre criminología y sociología urbana: Teoría de las ventanas rotas, de James Q. Wilson y George L. Kelling. El título viene de esta metáfora: consideren un edificio con una ventana rota; si la ventana no se repara, los vándalos tenderán a romper unas cuantas ventanas más, y si nadie reacciona, quizás irrumpan en el edificio; y si está abandonado, es posible que sea ocupado y pase a ser un lugar propio. En los alrededores se acumula algo de basura; y pronto, más basura. Y la gente comienza a utilizar el entorno como basurero y todo se desluce; y los asaltos y el tráfico de drogas encuentran un lugar donde la Policía no molesta y el caos reina. Se debe entender que las ventanas se han roto en nuestra ciudad desde hace tiempo. Los esfuerzos policiales se limitan a apagar los incendios que surgen en las casas de las ventanas rotas, o a ponerse a tiro de piedras y balas que ya lesionaron a cerca de 200 agentes. El personal policial parece responder más por instinto que por ser mano ejecutora de la Justicia. Además, las cuentas de la Policía rebosan de dinero pero los adicionales se pagan con hasta 5 meses de atraso. El parque automotor, de un prodigioso intento que fueron las cuadrículas, se desarma bajo el peso de los ataques en las tomas. Aquí debo volver a preguntar qué pasó, y la respuesta ya está clara: las ventanas se rompieron en la Jefatura de Policía y se ve por los agujeros el fuego arder en su interior.