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Y otra vez llegamos tarde

Tengo miedo de que olvidemos los nombres de las víctimas y nos aburran los de los victimarios.

A menos de 24 horas de que un jurado popular condenara por tentativa de femicidio al policía Alejandro Lagos tras balear a su ex, Magnolia Salas, otro ataque contra una mujer dejó boquiabiertos a todos.

Esta vez la víctima fue Violeta Matos, una mujer de 36 años, madre de dos hijos. Fue apuñalada a metros de su casa en plena calle, en Plottier, a la vista de todos los vecinos. Su verdugo fue su pareja.

Esta misma situación en que la Justicia condena a un femicida y a las pocas horas surge otro caso aberrante donde otro asesino descarga su furia contra otra mujer ya nos pasó. Y digo “nos pasó” porque el flagelo de la violencia extrema nos pasa a todos; de hecho, parece que últimamente puede ser cualquiera.

Nos pasó cuando la Justicia condenó a Roberto Valdez por dispararle en la cabeza a Noemí Maliqueo y tras conocerse el fallo, casi en simultáneo, nos enterábamos de que Gonzalo Alarcón Medina apuñalaba y mataba a su ex pareja, Sandra Merino, en Picún Leufú.

Tengo miedo. Tengo miedo de que los nombres de las víctimas se nos olviden. De que los nombres de los victimarios nos aburran y nos adormezcamos en un sinfín de violencia en el que nos resulte más cómodo aprender a convivir con ella que darle batalla para erradicarla.

Tengo miedo de que todo empeore y no logremos evitar más muertes. De que solo nos quedemos con la Justicia penal que castiga, en el mejor de los casos, a los asesinos, pero que no puede volver el tiempo atrás y recuperar la vida de una mujer que ya se convirtió en víctima. En lo que va de 2017 fueron asesinadas en la provincia Claudia, Milagros, Laura, Fernanda y Violeta.