Las tierras ganadas por la ciudad al Estado nacional son un botín. Podrían haber sido un festejo porque se generaba un nuevo espacio para desarrollar, pero no. La política de conventillos arrabaleros pudo más, y la posibilidad de contribuir a la comunidad y mostrar que la planificación y las instituciones son más importantes que las personas que circunstancialmente las ocupan quedó por encima de todo. Quiroga trajo su proyecto de cemento y edificios de la mano de una presentación con el administrador de la AABE, Ramón Lanús. Provincia aportó un confuso concurso popular para que la gente decida qué hacer. Al primero no le creen los segundos y descreen de estos, por imprevisión, los primeros. El 50% de las tierras tienen por dueño a la municipalidad, el resto a la provincia, y ambos eligieron lo peor: discutir y no llegar a un acuerdo que demuestre madurez política y capacidad de resolución.
Claro, con sus argumentos cada cual postula una idea que puede ser la mejor, pero en el fondo subyace una competencia que lo único que aporta es confusión y, de seguir así, quedará en el enorme predio un cocoliche citadino que muestre claramente cómo ha sido la relación política entre la provincia y la ciudad desde que tienen diferente color político. Por ahora, el pastiche no sale de declamaciones inflamadas y dardos venenosos. Bien recordó Quiroga que, en su momento, un amparo judicial que buscaba proteger el nido de una lechuza no lo dejaba avanzar con el Paseo de la Costa, que hoy es una hermoso lugar ganado a la mezquindad política. Casi lo mismo podría argumentar Jorge Sobisch cuando decidió avanzar con la multitrocha. El problema es más profundo que las baratijas discursivas. Se trata de mirar el desarrollo como una integralidad hacia el futuro y no de remembranzas románticas. Se trata de romper la chatura monocorde de la mayor ciudad de la Patagonia, en donde se posan los ojos del mundo por ser la provincia con más inversiones nacionales. Y eso que el año electoral aún no empezó.