{# #} {# #}

ver más

A 50 años del derechazo de Monzón que desplomó a Benvenuti y conmovió al mundo del boxeo

El 7 de noviembre de 1970, un desconocido Carlos Monzón se hizo rey de los Medianos en Roma. La ayuda clave del Toto Lorenzo para ese nocaut que hizo historia.

No cayó para adelante ni para atrás ni para un costado, simplemente se derrumbó como en una implosión. Como si hubiese querido ponerse de rodillas para reverenciar al nuevo campeón. El italiano Nino Benvenuti seguramente no fue consciente de esto, no fue consciente de nada. El 1-2, el temible jab de zurda que antecedió al derechazo letal de Carlos Monzón promediando el 12º round, lo puso en cortocircuito y apenas le dejó escuchar el conteo del árbitro.

Un allegado suyo trepó al ring y quiso frenar esa cuenta, aunque no pudo interrumpir el bamboleo en que las largas piernas de Benvenuti habían quedado atrapadas. Estaba nocaut y el Palazzo dello Sport tenía a 15.000 romanos que seguían abucheando pero ya no para intentar amedrentar al retador, sino para descargar su bronca contra el argentino que había hecho colapsar al ídolo local y que a través de los siguientes siete años se convertiría en el mejor campeón de la historia, por su destreza y por sus logros: esas 14 defensas consecutivas que al día de hoy siguen siendo récord en la categoría mediano, donde Monzón reinó y sigue reinando.

En cualquier repaso de los grandes momentos de la historia del deporte argentino, aquel nocaut que está cumpliendo hoy medio siglo tiene garantizado un lugar protagónico. Porque es una foto épica, una imagen que representa todo lo bueno que puede esperarse de un deportista: responsabilidad, disciplina, inteligencia, contundencia y talento. Un orgullo nacional que choca de frente con hechos que acompañaron la vida de Monzón y la llenaron de drama con el femicidio en febrero de 1988 de Alicia Muñiz, madre de su hijo menor, Maximiliano.

No son pocos los que coinciden en que el alcohol desinhibía a Monzón y le hacía surgir su costado más violento, más impredecible. En los inicios de los 80, ya retirado del box, los martes a la noche solía juntarse a jugar a las cartas en un bar de Vicente López, norte del conurbano bonaerense, con amigos, incluidos algunos futbolistas. Había dinero sobre la mesa y las fichas iban y venían. En el medio podía sonar el teléfono que estaba en la barra y del otro lado era Alain Delon para saludarlo o simplemente decirle que lo extrañaba y preguntarle cuándo iría por París. Pero en ese momento, su eje estaba en la partida de póker y en los tragos que tomaba, que de a poco lo desencajaban. Un contratiempo cualquiera podía hacerlo perder el control. Más de una vez “se puso malo” en algún cruce con esos amigos a los que, también, les gustaba acompañar un full con algunas copas. “Él era así sólo cuando tomaba de más”, lo disculpa uno de aquellos integrantes de la mesa, que llegó a ver a Monzón saltar por la ventana del bar hacia la calle para pelearse con “los muchachos del camión de la basura” porque intimidaban a uno de sus amigos que había salido a refrescarse a la puerta. Esta escena, extraíble de cualquier película de acción, representa el instinto animal de Monzón, el que lo guió en tantos momentos de su vida, le dio la gloria deportiva y también el ocaso personal, llevándolo a la cárcel.

monzon.jpg

Monzón fue de punto a Roma. Tenia 28 años y no era ídolo. Benvenuti lo eligió porque era un rival fácil.

Un instinto que se fogoneó por la dura infancia que le tocó vivir en su pueblo de Santa Fe, San Javier. La extrema pobreza lo llevó a valorar al consumo como un bien que, de alcanzarlo algún día, sería un boleto a la felicidad, aunque descuidara aspectos más sencillos y cotidianos, esos que, obviamente, no se compran. Cuando en julio de 1970 se enteró de que Nino Benvenuti le daría la posibilidad de pelear por el título, se sintió inmediatamente campeón: nada se interpondría entre sus puños y la mandíbula del italiano.

El boxeo le daría todo lo que no tenía y a partir de esa pelea construiría su nuevo mundo donde ya no habría carencias. Tendría casa nueva y más linda, un buen auto, buena ropa, otra heladera, un televisor de buena calidad y más grande, vacaciones en lugares de ensueño… Una vida más cara y, según su concepción, más feliz, en la que ya no pediría favores, los daría porque el mundo se rendiría a sus pies.

Benvenuti actuaba en películas, filmaba publicidades, era un hombre del jet set europeo, terminología que Monzón todavía no alcanzaba a comprender aunque sabía que le gustaría pertenecer. Desde 1967, Juan Carlos Lectoure venía pensando en enfrentarlo a Nino, cuando en abril le ganó la corona mundial al norteamericano Emile Griffith. Tito sabía que sobre Monzón pesaba el mote de “aburrido” porque su estilo no daba show, pero ganaba y ganaba. Y, al cabo, Ese fue el secreto de su espectáculo: ir a ver ganar a Monzón. Y mientras esperaba su oportunidad, seguía peleando y ganando. Crecía su fama de pegador implacable pero no su cuenta bancaria, que alcanzaba con lo justo para vivir y postergaba sus sueños y ambiciones burguesas.

Carlos Monzon viaja a Italia para combatir con Nino Benvenutti 1970

Pero desde aquel julio, cuando supo la confirmación de la pelea por el título mediano, y un par de meses después, cuando se conoció la fecha exacta del combate y la de salida de Buenos Aires rumbo Roma (el 24 de octubre) nada corrió de su eje a Carlos Monzón. Ni siquiera el alcohol, sobre el que resistió una fuerte abstinencia hasta después de ganar el cinturón, incluyendo un imponente asado de despedida para casi 250 personas en el club Unión de Santa Fe, que, como el propio Carlos bromeó con el tiempo, “debe haber sido el único que comí en mi vida sin tomar una gota de vino”. Luego de un par de semanas de entrenamiento en el Luna Park, lo esperaba Italia y su fe ciega de que regresaría a la Argentina como campeón.

Las influencias del Toto Lorenzo

Monzón llegó a Roma junto a su entrenador, Amílcar Brusa, acompañado por sus sparrings, su preparador físico y, por supuesto, el promotor Juan Carlos Lectoure. En toda su estadía repitió sin ningún tipo de respeto hacia el elegante campeón italiano que él sería el nuevo rey de los medianos. Lo dijo desde el primer día, en una improvisada conferencia de prensa en el mismo aeropuerto de Fiumicino que sorprendió a los periodistas locales. Carlos, que tenía asegurado un ingreso de 16.000 dólares en concepto de bolsa (premio por ser retador) y publicidad, además de casi 10.000 que le dio Tito Lectoure por derechos de TV y radio, salía a correr junto a su equipo todas las mañanas durante 40 minutos. A veces con mucho frío, pero la rutina no se tocaba y el lugar elegido era siempre el parque Villa Gloria, que quedaba a un par de cuadras de hotel Sporting - cercano al estadio Olímpico de Roma- donde el boxeador argentino ocupó la habitación 666 que compartía con su preparador físico, Patricio Russo.

monzon entrenamiento.jpg

Desde el inicio de su aventura romana tuvo un aliado que resultó clave en muchos sentidos: Juan Carlos Lorenzo. El “Toto”, el famoso entrenador de fútbol –multicampeón con Boca unos años más tarde- que en ese momento estaba al frente del club Lazio, que junto con la Roma son los equipos de fútbol más populares de la capital italiana. Lorenzo era un hombre de mucho mundo, que había jugado en Europa y llevaba años trabajado como DT en el Viejo Continente, al que Monzón no conocía personalmente. Pero se ganó rápidamente su confianza. No era precisamente un derroche de glamour, estaba lejos de la esencia europea con la que Monzón se impregnaría (y empalagaría) en los años siguientes. Sin embargo, conocía bien la ciudad de Roma y sus manejos. Tenía mundo pero más tenía barrio, en sus modos y su lenguaje, algo que encajó bien en el flacucho santafesino de San Javier.

El Toto asesoró al grupo ya sea para ir de compras como para salir a caminar y conocer –dos de los paseos que más deslumbraron a Carlos fueron el Vaticano y el Coliseo-, haciéndole fácil la estadía en la ciudad a la que conducen todos los caminos pero que no muchos saben tomar. Y Lorenzo jugó un papel decisivo también en algo que para Monzón era decisivo: paz para sus manos. O, mejor dicho, relajación para que sus puños peguen todo lo que necesiten sin sufrir dolor.

Monzón con el Toto Lorenzo 1.jpg

Monzón recibió una ayuda vital del Toto Lorenzo para ganar el título en Roma.

Los apremios económicos familiares acompañaron a Monzón desde su nacimiento. Y más allá de su contextura física natural, la poca y mala alimentación fueron parte de su niñez y lo llevaron a rozar la desnutrición. Esto le trajo inconvenientes que vieron la luz cuando comenzó a exigir sus manos de manera constante, con el interés concreto de ser boxeador. El diagnóstico de raquitismo confirmó que eran frágiles y propició que con el paso del tiempo necesitara modificar definitivamente su estilo como boxeador y se debiera someter a infiltraciones que le atajaran el intenso dolor que los huesos de sus manos sentían en la intensidad de la pelea. Monzón fue el frío, calculador y tremendo noqueador que fue por necesidad más que por elección.

Y en aquella agitada previa en Roma, cuando el médico que Lorenzo le había conseguido a Lectoure para que inyectase al futuro campeón se negara a hacerlo argumentando “esas manos están podridas, yo no las toco”, la desesperación se apoderó de la delegación argentina, porque Monzón ya casi que tenía una dependencia a la novocaína: le anestesiaba la zona y prevenía dolores, aunque también tenía un efecto psicológico grande, porque la certeza de que tendría una pelea indolora lo tranquilizaba.

Todo lo contrario a que estaba ocurriendo a solo cuatro horas del combate de fondo en el Palazzo dello Sport de Roma. Y fue el propio Lorenzo el que enmendó la situación, saliendo a los apurones a conseguir lo necesario: las jeringas, la novocaína y quien la aplicara. Aunque hizo sufrir a toda la comitiva, que demoró hasta último momento al remise que esperaba en la puerta para llevarlo al estadio donde aguardaban Nino Benvenuti y 15.000 espectadores, porque el Toto recién regresó cuando Monzón, ya resignado y con las manos empezando a dolerle de los nervios, estaba a punto de salir del hotel.

Lorenzo entró a la carrera al Sporting acompañado por uno de sus ayudantes de campo en la Lazio y por dos hombres a los que presentó como médicos argentinos que vivían en Italia. Para ir ganando tiempo, Monzón ya estaba vestido para la pelea y recibió casi al mismo tiempo las dos anestesias en sus manos, lo cual lo serenó aunque por unos minutos: ya camino a la pelea, se enteró que, una vez que agarre, el efecto no duraría mucho más que una hora. Sacaron cuentas rápido: la pelea era a 15 rounds de tres minutos con uno de descanso. Era justo una hora, pero considerando que el efecto comenzaría a sentirse varios minutos antes de subir al ring, no llegaría al tramo final del combate sin dolor en sus manos. Conclusión: tenía que golpear lo justo y necesario, y conseguir un nocaut.

1970 foty Carlos Monzon vs Nino Benvenuti 1. 7 DE NOVIEMBRE DE 1970.

Efectivamente, el dolor apareció en el tiempo previsto, pero el estímulo de una pelea bien llevada lo hizo aguantar. Aquellos puños maltrechos eran acompañados por un cuerpo de 28 años en plenitud y una cabeza de campeón demoledor. Benvenuti no la vio venir. Ni la mano derecha que lo noqueó ni la posibilidad de perder el título ante el argentino que era campeón de su país y de Sudamérica, pero que apenas había peleado en el exterior una vez. Para Nino la opción era Monzón, número 1 del ranking de la AMB, o el experimentado ex campeón mundial Emile Griffith, líder en el CMB. El santafesino fue la elección sencilla, era ir a lo seguro: de los dos, era el más débil, el más ganable. “Después de pelear contra Monzón -reconoció años después el italiano- supe que él podría vencer a todos los que deseara. Fue el mejor boxeador que vi en mi vida y lo recordaré como el que me hizo pasar los peores momentos arriba de un ring”.

monzon nocaut.jpg

El terrible derechazo que terminó con el reinado de Benvenuti e inició el de Monzón. Duraría siete años.

La gloria fue por siempre de Carlos Monzón, el flacucho de San Javier que un rato después de haberle ganado a Benvenuti estaba hablando con el presidente de facto de la Nación, el general Roberto Levingston, quien lo saludó “en nombre del pueblo argentino”. Un pueblo que, ya no telefónicamente, fue a recibirlo a Ezeiza y en una multitudinaria caravana lo acompañó desde el aeropuerto hasta el Luna Park. El tiempo traería los lujos, la lujuria y sus peores miserias. El campeón que perdió contra la vida, hace 50 años llegaba a la cima.

Te puede interesar