{# #} {# #}
Carlos Huinchacura nació en mina La Escondida en 1957 y hace cinco años un portón le impide el ingreso al pueblo abandonado. Dentro está el cementerio en donde descansan al menos 20 personas, entre ellas su papá y su hermano, que no los puede ir a ver por “burocracias”.
“Por un lado comprendo que cierren porque se robaron todo, pero no puedo entender como no nos dejan pasar a nosotros”, expuso Carlos, que hace meses murió su madre y el deseo de ella era descansar junto con su esposo.
“Tengo hace un año en mi casa los restos de mi madre esperando que nos dejen entrar para poder ir a esparcir las cenizas en aquel lugar”, explicó este hombre que actualmente vive en Neuquén capital y mostró la realidad de muchas familias de la provincia.
Los recuerdos de aquellos años lo emocionan. El paso del tiempo le “duele” y el silencio de la mina lo atraviesan hasta estos días. “Otra cosa que molestaba era el viento, pero no solo la fuerza, sino que un silbido molesto y agudo”, expresó Carlos que vivió hasta sus 6 años en La Escondida, cuando su padre murió trabajando.
Carlos Huinchacura padre era el encargado de manejar el medio de elevación que subía y bajaba tanto a los mineros como a la carga. “Trabajaba por fuera de la mina, por eso se salvó de la explosión de 1947 que mató a varios de sus compañeros”, dijo, al describir que el agua entró un 24 de diciembre de 1962 al puesto de máquinas donde trabajaba y lo electrocutó .
Este minero había llegado en la década del 30, cuando leyó un cartel que decía: “Se busca hombres para trabajar en una mina”. “Vivían en El Chocón, de donde también era mi mamá. Y mi padre se fue y estuvo como cuatro meses sin dar señales de vida, hasta que volvió a buscarla a ella y se la llevó a la mina”, recordó el relato contado por sus padres.
Al parecer, la madre fue quien sufrió la mudanza. “Claro, venía de un lugar en donde había agua por todo lados y se fue al medio del desierto en donde tenías que hacer kilómetros para buscar un barril”, describió.
Durante esos años, Carlos tiene varios recuerdos. El pan de su madre a las 4 de la mañana; las duchas exclusivas para los mineros en medio de la calle, en un local especial entre el centro del pueblo y la mina; y las excursiones con su hermana a un campo vecino. “Era todo muy seco y arcilloso, y nos divertía con lo que había. O sea, con la nada misma”, agregó.
Al cumplirse un año de la muerte de su padre, la empresa las “invitó" a irse de la casa donde vivían porque debía ser ocupada por otros mineros. Desde ese entonces, Carlos volvió varias veces a La Escondida, pero nada fue igual.
“Hace 12 años empezamos a organizar e ir una vez al año con los familiares a pasar el día y a homenajear a los mineros que murieron y a recordar esos años. Mi hermano, que era unos años más grande que yo, se reencontrará con todos los compañeros de la escuela”, contó y mandó el primer certificado de “presencialidad”, que confirmó que esta tradición comenzó el 29 y 30 de noviembre del 2008.
Durante estos años, dos hermanos murieron y el deseo de ambos fue descansar junto con su padre en la mina. “Así que los llevamos. La última fue mi hermana que tenía grandes historias y experiencias ahí, y fuimos a cumplirle el deseo con mis otros hermanos y mi madre, que por entonces vivía”, contó, al emocionarse.
“Hace cinco años quisimos volver a hacer el ritual anual de siempre con el resto de las familias, pero nos pusieron una tranquera y ahí no pudimos ir más”, se molestó y no recuerda cuándo fue la última vez que pudo entrar. “Fue en esos años, pero no puede ser que haya un cementerio y no nos dejen ir a verlos”, repitió.
Hace poco más de un año, la mamá de Carlos falleció y el deseo es el mismo. “Pero tengo que esperar que se destrabe la situación, sé que más familiares que viven en Rincón están presionando y hablando para que nos dejen pasar, pero nadie nos da respuesta”, agregó.
Con un cementerio abandonado igual que el pueblo, la tranquera de ingreso a La Escondida se cerró y la lluvia forjó cañadones de hasta 5 metros de profundidad en el camino entre el centro y la ruta provincial 8. La falta de respuesta que están teniendo, generó que hace un lustro los distintos vecinos no puedan rememorar ni mantener viva la historia. “Nos duele y ahora tengo un desafío, cumplirle el deseo a mi mamá”, concluyó Carlos.