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Es una de esas historias lindas, con ribetes dramáticos pero con final feliz, ideal para compartir en el Día del Amigo, aunque este año la fecha no genere juntadas multitudinarias para cenar, pasar el rato y reírse con quienes uno disfruta los mejores momentos de la vida.
Érika Flores y Alejandra Álvarez no se podrán ver en esta oportunidad. Una vive en Buenos Aires y la otra, en Neuquén. Se quieren como hermanas, no solo porque se conocen desde que eran casi adolescentes, cuando trabajaban como promotoras en Neuquén, sino porque ambas protagonizaron una hermosa historia de amor, de esas en las que una persona ratifica su compromiso de amistad ofreciendo todo lo que tiene a su alcance para que la otra pueda seguir viviendo frente a una situación extrema. Y lo que tenía Érica a su alcance para ofrecer era lo que necesitaba Alejandra: ni más ni menos que un riñón.
Todo comenzó hace unos seis años cuando Alejandra le contó a Érika que se había enfermado y que el diagnóstico no era bueno. Los médicos le dijeron que se trataba poliquistosis renal, que no era otra cosa que la aparición de pequeños quistes en los riñones que estaban destruyendo sus funciones. Pese a esta dolencia, Alejandra hizo tratamientos para quedar embarazada y lo logró, pero con el tiempo su salud fue deteriorándose al punto que tuvo que someterse a diálisis diarias para poder seguir viviendo.
Aunque las amigas estaban separadas por la distancia (Alejandra se había ido a vivir a Buenos Aires y Érika, a Rosario), mantenían largas conversaciones telefónicas diarias en las que hablaban de la vida, de sus proyectos y también de sus miedos.
Durante aquellas charlas, un día Alejandra le confesó que no podía vivir más de esa manera. El proceso de diálisis era interminable y si no se hacía un trasplante renal, su vida sería cada vez más complicada. En rigor, la joven ya estaba en la lista de emergencias, pero los donantes no aparecían y, si aparecían, no eran compatibles.
“¿Qué necesitás para que yo te done mi riñón?”, le preguntó un día Érika. Alejandra quedó sorprendida. Le explicó que para ser donante tenía que tener el grupo A positivo, como ella. “¡Tenemos el mismo grupo!”, le respondió la amiga.
A partir de ese momento comenzó otra historia. Para la donación de un riñón, el receptor y el donante deben someterse a complejos estudios de compatibilidad.
Érica comenzó con los análisis básicos y el 19 de febrero de 2014 le comunicaron el resultado más esperado: tenían 100% de compatibilidad. Cuando Érica se lo comunicó, Alejandra no lo podía creer. Las dos lloraron.
Después de completar otros análisis y de tener la autorización judicial, los médicos pusieron fecha para la operación. Como si el destino siguiera jugando sus cartas a favor de esta historia, otro 19 de febrero pero del año siguiente, se realizó el trasplante.
En quirófanos paralelos se hicieron las intervenciones de manera exitosa. Antes, Érika y Alejandra posaron para la foto, felices y anticipando el desenlace.
Cuando conocí aquella historia, casi dos meses después de la operación, me contacté con las dos mujeres y escribí un artículo para este diario. En aquel entonces, Érika y Alejandra me contaron emocionadas aquella maravillosa experiencia y cómo no solo les había cambiado la vida, sino que además había ratificado el compromiso de amistad entre ambas.
Cinco años después, y con motivo del Día del Amigo, pensé en lo bueno que sería recordar su experiencia, ver cómo había evolucionado su relación y qué había sido de sus vidas.
Y me encontré otra vez con dos locas lindas, menos emocionadas y asustadas que la última vez, con algunos años más que les regaló la vida (Alejandra tiene 48 y Érika, 50), pero con el inquebrantable sello de las amistades verdaderas.
Alejandra sigue viviendo en Buenos Aires con su hijo y Érika regresó a Neuquén, donde vive con su hija. Una vez más, y pese a las distancias, las amigas se llaman todos los días, hablan de la vida, se cuidan y se preocupan una de la otra.
“No somos amigas de corazón; somos amigas de riñón”, bromean las dos tras cinco años de aquella operación. Alejandra mantiene tres órganos (dos propios que casi no funcionan pero que no se los extirparon, y el otro que le cedió su amiga) y lleva una vida normal, completamente distinta a la que tuvo que afrontar durante casi tres años de procesos invasivos de diálisis, sabiendo que no podría soportar mucho más tiempo semejante tratamiento desgastante.
Asegura que su vida realmente cambió desde la operación y que ahora mira la realidad con una perspectiva distinta, a tal punto que está programando irse de Buenos Aires para buscar un lugar con mayor tranquilidad como Doblas, el pueblo de la provincia de La Pampa donde nació. Pero más allá de esa paz necesaria para vivir, radicarse en ese lugar también le acortaría la distancia para ver a su amiga. “Neuquén me queda a 400 kilómetros, es mucho menos”, asegura. “¡Podría ser nuestro punto de encuentro!”, reconoce entusiasmada Érika.
La última vez que se vieron fue en mayo del año pasado, durante un cumpleaños en Buenos Aires. Siempre tuvieron la idea de mantener uno o dos encuentros por año, pero la pandemia del coronavirus alteró sus planes.
“Estamos permanentemente atentas a lo que nos pasa; ahora nos cuidamos más y somos mucho más íntimas de lo que éramos”, reconoce Érika. Dice que la preocupación por saber cómo está la otra es constante y por eso es que el contacto es casi cotidiano, a través de una llamada telefónica o un mensaje de Whatsapp. “Las dos estamos solas con nuestros hijos y la situación de ambas es muy parecida; por eso también se profundizó la relación”, asegura.
Todavía no saben cuándo ni dónde será su próximo encuentro, porque de ello depende el proceso que dure la cuarentena y todas las restricciones que se implementaron por la pandemia.
Ambas se imaginan el momento de volver a verse, fundidas en un profundo abrazo, compartiendo una buena cena, manteniendo esas charlas interminables como lo hacen siempre, pero esta vez cara a cara.
A la espera de ese encuentro, Érika y Alejandra festejarán el Día del Amigo a la distancia, como la gran mayoría, aunque más acostumbradas por la separación física que les impuso el destino. Lo harán de manera simple, con reflexiones y risas, festejando no solo tantos años de amistad, sino esta nueva oportunidad que les regaló la vida.
El 19 de febrero de 2015 quedará grabado en la memoria de estas amigas. Ambas se sometieron a dos operaciones separadas para el trasplante de riñón que necesitaba Alejandra. Fue un día especial ya que las intervenciones quirúrgicas salieron bien, sin ninguna complicación, como los médicos esperaban y ellas soñaban.
En la imagen que ilustró la nota de LM Neuquén hace cinco años, se las ve a las dos felices y llenas de esperanza, pese a que todavía estaban un poco doloridas.
Para Alejandra y Érika sería un punto de inflexión en sus vidas. Pero también una forma de ratificar el compromiso de amistad que comenzaron desde muy jóvenes y que las mantendrá unidas para siempre.