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El gobernador Omar Gutiérrez se fue a dormir con la satisfacción de haber concluido con éxito la ronda de negociaciones salariales del ámbito estatal más difícil de los últimos tiempos, aunque debiendo poner más plata de la que pretendía en un principio. No obstante, se levantará con la angustia de tener la capital provincial incomunicada con su vecina rionegrina Cipolletti. Una de cal y una de arena, diría cualquier simplificador de la vida diaria, pero la política no es un campo para la simplificación.
El Ejecutivo provincial se enfrentaba al inicio del año con un escenario sindical del ámbito público tan complejo como hacía tiempo no se daba. Por la pandemia, pateó todo el 2020 sin mejoras a los empleados del Estado, que confinados en sus casas tuvieron pocas armas para enfrentar la situación.
Con la reactivación de casi todas las aristas del ámbito privado y público, los conflictos estaban a vuelta de la esquina. ¿Cómo recomponer el poder adquisitivo perdido de una sola vez? Imposible. Entonces, fue el tiempo para la política. Y en esa arena, Gutiérrez salió bien parado.
El ala más compleja era la representada por ATEN, puesto que el mecanismo de debate y votación en asambleas de los acuerdos salariales le quita a la rosca el margen que tiene frente a otros gremios, como UPCN o ATE, que saldan sus negociaciones entre dirigentes, con menos (a veces nula) participación de las bases.
Gutiérrez logró cerrar con los gremios más y menos democráticos en sus mecanismos de participación. Sin embargo, ese éxito no esconde el desborde que se produjo. En salud, aparecieron los autoconvocados para mantener latente el conflicto con el argumento de aportar en lo peor de la crisis del COVID.