Por Fernando Frugoni
La mayoría de los que conocimos a Cacho Vidal pensábamos lo mismo: que era “inoxidable, inmortal”, hasta que la noticia de su muerte nos trajo a la realidad a los tirones.
En estos casos la pena no es fácil de sobrellevar, pero la aliviana escuchar cómo lo querían sus hijos, hijas, nietos y nietas. Eso ya es una muestra viva de la clase de padre y de abuelo que fue.
Amaba hasta los huesos a Neuquén, su ciudad natal. A pesar de que pudo hacerlo, jamás se quiso ir a vivir a otro lado. “Yo crecí junto a mi ciudad, ¿cómo se me ocurriría dejarla?”, decía a quien le planteaba tal cosa.
Su semblante intimidaba. Ver venir a ese hombre alto metido en su campeón, con su pelo blanco y su mirada seria llenaba la existencia de preguntas a su interlocutor. Hasta que extendía la mano y saludaba. Atento con los hombres y caballero con las mujeres.
Cacho siempre estaba disponible para quien quería un consejo, para consultarlo o para charlar. Sea el tema que sea, la hora que sea y quien sea. No distinguía entre el millonario y el humilde trabajador. “Son todas personas que merecen mi respeto”, solía decir.
Tenía una virtud que está ausente en muchos políticos: jamás hizo gala de su amistad con Raúl Alfonsín, ni que a su casa de Neuquén llegaba a verlo Arturo Illia, incluso siendo ambos presidentes.
Era un radical de pura cepa. De los que respetaban a rajatabla aquel principio “que se rompa, pero que no se doble”, que Leandro Alem acuñó en su carta póstuma y que la UCR tomó como propia.
“Resigno mi afiliación, pero no mi condición de radical, porque el radicalismo es una concepción de vida que hace de la política una creación ética que entiende al hombre o mujer como ser sagrado, en libertad y dignidad plenas”, escribió el 7 de mayo de 2018.
Ese fue el día en que renunció a seguir siendo parte de las filas del partido cuya ideología abrazó a los 18 años. No era para menos: los diarios le hablaban que había sido expulsado como convencional provincial de la UCR neuquina. Sin dudas, horas dolorosas.
Tampoco parecía preocuparle mucho estar fuera de un cargo público (fue Diputado Nacional, Director del Banco Nación, Concejal de la Ciudad de Neuquén, entre otros ejercidos en su juventud), ya que, por su espíritu emprendedor en desarrollos productivos, la actividad privada lo tenía como activo protagonista.
Orfiva, sin ir muy lejos, fue una de sus creaciones en los inicios de la década de los ´60. Cuando en la fruticultura estaba todo por hacer.
Más acá en el tiempo fue uno de los desarrolladores del Rincón Club de Campo y de cerámica Cumalleu, entre tantas otras iniciativas, y hasta la bodega de Añelo, pasando por su sueño no cristalizado de Chihuidos.
Viajar con Cacho -dicho sea de paso, contador público de profesión- era ingresar en un mundo de anécdotas que iban desde las políticas, hasta las empresariales. En especial, las de cuando Neuquén era un pueblo más de la Patagonia.
Disfruté mucho trabajar junto a él, pero más aún de su amistad. Era un tipo franco, respetuoso y muy afectivo. Y del que se aprendía mucho de la vida y la política, en esas largas mateadas que nos reunía casi todas las tardecitas en la oficina de la presidencia del Comité Provincial de la UCR.
Recuerdo que, por octubre de 2020, cuando asomábamos la cabeza de la cuarentena eterna, me envió una entusiasmante propuesta: “Tenemos pendiente escribir nuestras memorias”. Así era Cacho, no dejaba de proyectar, imaginar o proponer. Hoy, su partida nos dejó ese pendiente en el tintero.
La verdad de la historia es que con muchos aciertos y, seguramente, algunos errores, Cacho Vidal no pasó en puntas de pie por la vida.