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La bella localidad cordillerana de San Martín de los Andes disfrutó y padeció el carnaval que concluyó con un par de borrachos, uno de ellos corpulento, a las trompadas en la puerta de un boliche. Por suerte no terminó con un muerto o un herido grave como han sido las últimas experiencias que hemos padecido en Neuquén y en algunos boliches de la costa argentina.
“Los pibes no eran de la localidad”, afirmó uno de los jóvenes que grabó la gresca y luego la viralizó. La Policía, al observar que no había heridos de consideración, para evitar mayores trastornos disipó a los violentos e incrementó el patrullaje.
Lo cierto es que por más que no se quiera buscar culpables de por qué tanta violencia, tendemos a caer en respuestas simplistas para un tema que es mucho más complejo de analizar y los 1700 caracteres de esta columna no alcanzan.
Podríamos atacar lo urgente: alcohol y drogas. Desgraciadamente, este cóctel está a mano de todos los jóvenes que salen. Cualquiera que tenga boliche no necesita un contador público para que le diga que el grueso de sus ingresos y ganancias son por la venta de bebidas alcohólicas.
Después, en los baños, con los dueños a veces haciendo la vista gorda y en algunos casos hasta involucrados, el pasamanos de drogas es una práctica cotidiana.
Con ese combo en sangre, el camino a la violencia es un tobogán por el cual se desciende y cualquier mirada o empujón sin querer desata el caos.
¿Cómo manejar la venta y consumo de alcohol? La respuesta es tajante, con controles y responsabilidad social, lo que para los empresarios y municipios no es un muy buen negocio.